PASADO
Antes había
un mar de libertad
entre nosotros.
Y ahora nos separa
un muro de silencio.
PASADO
Antes había
un mar de libertad
entre nosotros.
Y ahora nos separa
un muro de silencio.
KAKISTOCRACIA
Los criminales
sembradores
del kakistócrata
narcodictador
Nicolás Maduro,
no siembran flores,
ni árboles frutales,
ni plantas
medicinales.
No, los muy cobardes,
con los rostros
cubiertos
con antifaces de
muerte,
siembran terror
para cosechar miedo.
Siembran sombras
para embrutecer al
pueblo.
Siembran mentiras
para cosechar
verdades.
Siembran hambre
para cosechar
dependencia y sumisión.
Siembran drogas y
armas de guerra
para cosechar
culpables de todos los delitos
entre la disidencia
política.
Siembran escasez
para cosechar miseria
y muerte.
Siembran tormentas
para cosechar
tempestades colectivas
que dominan con
metralletas, fusiles, bombas letales y tanquetas.
Siembran
desinformación, cerrando periódicos,
radios y televisoras
y portales digitales
para cosechar
apagones colectivos de información
para ocultar sus
crímenes de lesa humanidad.
Palabra
Creo en la palabra que conduce a la paz, que es vida.
Creo en la palabra que hace de los pueblos una aldea
global.
Creo en la
palabra capaz de cabalgar
en las praderas de la libertad.
Creo en la palabra que con su magia
pone fin a los conflictos bélicos.
Creo en la palabra
que nutre a la humanidad de valores éticos y morales.
Bendita palabra que rompe los muros de la
incomunicación
Prodigiosa palabra engalanada
con una hoja de laurel como símbolo de victoria.
Palabra que seduce
a los demonios de la violencia para abatirlos.
Palabra que enmudece
no ante la furia de la violencia y la lacera
Palabra débil o fuerte según las circunstancias.
Palabra indignada ante la miseria humana.
Palabra furiosa ante la destrucción de la naturaleza.
Palabra conmovida
por las fronteras que separan a los pueblos.
Palabra que convoca al diálogo para abolir las
guerras.
Palabra triste cuando no es escuchada.
Palabra emisaria del diálogo
para evitar los conflictos bélicos.
Palabra en traje de luz vestida como símbolo de
sabiduría.
Palabra de fraternidad universal
Palabra que no es una prédica en el desierto.
OTRO
La magia de tu palabra, sencilla como el pétalo de una flor, el vuelo de un
colibrí y la cristalina y madrugadora gota de rocío, obró en lo más íntimo de
mi ser el inesperado milagro de la
transformación en otra persona, totalmente distinta a la que había sido hasta
el inolvidable momento de tu llegada e incorporación por siempre, a mi vida,
entonces simple y reducida a lo elemental.
Tu palabra, amada, convincente y firme como la añosa roca y el enhiesto y
centenario árbol, no obró el milagro de mi conversión elevando su tonalidad
para persuadirme, sino manifestándose natural y despojándose de todo cuanto
perturban su particular grandiosidad y elocuencia.
Desde entonces, bondadosa hada del mundo multicolor y fascinante de mis
sueños, que quisiera interminables, dejé de usar mi deslucido traje gris y mis
roídas sandalias de impenitente con los cuales recorrí desconocidas rutas que
me condujeron, exhausto, a aldeas, pueblos y ciudades cuyos nombres olvidé
raudamente para evitar el sufrimiento de la nostalgia.
Tú, amada, dechado de virtudes propias, con tu singular sapiencia y el
prodigio de tu verbo, me convertiste en otro sin que dejara de ser yo.
PRISIONERO
¡Feliz prisión la mía, amada adorable!
Las rejas de esa prisión, amada, de
la que nunca quisiera salir son tus abrazos, que al sentirlos en cada átomo de
mi vida sin libertad me conducen en un
leve carruaje de amor a los confines de la excelsitud que sólo disfrutan
los amantes.
Los castigos de esa prisión, amada convertida en guardiana de mi celda,
son tus besos, alimento cuya calidad y cantidad depende de cómo me
comporto: poco si mi conducta es
errática; bastante si mi comportamiento
es irreprochable.
Soy un buen prisionero, amada, y me alimento con tus besos, no furtivos
como los del colibrí, sino generosos en tiempo, no cronometrables, por la magia que transmiten y enloquecen las agujas
de la temporalidad.
Seré toda mi vida, amada, huésped de tu cárcel tan confortable.
Seré toda mi vida, amada, huésped de
tu cárcel, pródiga en atención.
RELAX
A mi covacha
fui sigilosamente
y me esperabas.
Te pregunté:
-¿Acaso mis silencios
música son?
¿Viajas con ellos
hacia perdidos orbes
de luz ufanos?
Me contestaste:
-Tus silencios cautivan,
al amor llaman.
Místicos son.
irradian luces únicas
que al relax llaman.
Te respondí:
-¿Te quedarás?
¿Meditarás conmigo?
¿Serás rocío
para regar mis sueños
casi reales?
Nada dijiste,
callaste y tu mudez
se hizo elocuencia.
EXTRAVÍOS
Mis extravíos
duermen en tu silencio
con placidez.
Ando perdido
en la selva de tu amor.
¡No tengo brújula!
Y silencioso
disfruto del cricrí
de un loco grillo.
Salir no quiero
de tu tupida selva
tan armoniosa.
Tan atractiva.
de misterio encantada.
en magia envuelta.
Selva bendita.
cómplice necesaria
de mi locura.
PRISIONERO
¡Feliz prisión la mía, amada adorable!
Las rejas de esa prisión, amada, de
la que nunca quisiera salir son tus abrazos, que al sentirlos en cada átomo de
mi vida sin libertad me conducen en un
leve carruaje de amor a los confines de la excelsitud que sólo disfrutan
los amantes.
Los castigos de esa prisión, amada convertida en guardiana de mi celda,
son tus besos, alimento cuya calidad y cantidad depende de cómo me
comporto: poco si mi conducta es
errática; bastante si mi comportamiento
es irreprochable.
Soy un buen prisionero, amada, y me alimento con tus besos, no furtivos
como los del colibrí, sino generosos en tiempo, no cronometrables, por la magia que transmiten y enloquecen las agujas
de la temporalidad.
Seré toda mi vida, amada, huésped de tu cárcel tan confortable.
Seré toda mi vida, amada, huésped de
tu cárcel, pródiga en atención.
RUEGO
Baja,
Señor, el peso de mi cruz
que estoy
cansado ya.
Pon en mi
vera un poco de tu luz
que tan obscura está.
Quiero,
Señor, de tu verdad sorber
tan solo
un trago puro
cuya
sublimidad pueda envolver
de paz mi
cuerpo impuro.
Con tu
humildad, Señor, deseo
vestir tanta
arrogancia
que mi
vida tiene y en el espejo veo
reflejada
en jactancia.
SOLEDADES
En mi vida de perenne caminante por desconocidas rutas del
mundo, sólo viaja conmigo – impenitente nómada- la exquisita soledad que
consuela mis tormentos, alivia mis angustias, seca el sudor de mi frente con su
níveo pañuelo y aleja con sus arrullos maternos todo gesto de tristeza.
Me fascina y me subyuga la soledad de los cementerios, con
sus flores marchitas por el tiempo y sus huellas escarcha de las velas
derretidas en la marmórea fosa o en la tierra alfombada de maleza.
Me encanta la soledad de las multitudes, porque soy único,
y porque tapono mis oídos para no escuchar gritos que indican indignación.
La soledad que me embriaga en las
multitudes me traslada al oasis que calma mi sed, espanta mi hambre y
reconforta mi espíritu para emprender nuevas jornadas que no celebrarán
triunfos ni llorarán derrotas.
No concibo mi mundo único sin soledades.