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domingo, 30 de agosto de 2026

ESPERANZA

 

ESPERANZA

 

 

          ¿Me amarás,  bien mío, un poquito más de lo que yo te amo?

          Yo espero que sí, aunque para lograrlo tenga que invertir los pocos años que me restan de vida.

          Dejarás, bien mío, que tu regazo sirva de refugio a mi dolido cuerpo, curtido de sufrimiento?

          Yo espero que sí,  porque tú eres misericordiosa e infinitamente sensible a las expresiones más puras de amor.

          ¿Secarás mis lágrimas, cuando esté llorando?

          Yo espero que sí, con tu pañuelo lila exquisitamente perfumado.

 

LUCIÉRNAGA

 

LUCIÉRNAGA

 

          No te imaginas, bien mío,  cuánta admiración siento por la luciérnaga, ese diminuto animal volador que no necesita de luz ajena para brillar y guiarse en la obscuridad de la noche.

          No te imaginas,  bien mío,  cuánta repulsa siento por quienes necesitan del fulgor de la luciérnaga para abrirse caminos a plena luz del día y tener figuración pública.

          Tú los conoces.

          ¡Son tan ignorantes y se las dan de eruditos!

          ¡Cómo abundan en la fauna política!

          Aunque no lo creas, bien mío,  las circunstancias existenciales me han obligado a ser luciérnaga para muchos mediocres.

IMAGINACIÓN

                                                                       IMAGINACIÓN

 

Increíble bien mío, pero la distancia que existe entre tu orilla y la mía, en medio de las cuales está el océano, logro doblegarla con mi pensamiento ¡limite

i Tantas veces con mi imaginación he ido contigo a parajes remotos donde hemos admirado la belleza del paisaje, el cántico armonioso de los pájaros, el sonido metálico de las aguas del río cuando avanzan ágilmente para su encuentro con el mar, muchas veces por el túnel de arena que sólo ellas conocen, en tiempo de verano!

Sí, bien mío, mí imaginación no tiene fronteras limitantes ni imposibles, ni distancias no superables, ni temporalidad, ni deseos reprimidos.

No. Basta que desee algo y mi pensamiento me lo proporciona.

¿Que deseo viajar? Pues pongo a funcionar mi imaginación y viajo a lugares paradisíacos, exquisitos, agradables y únicos.

¿Que quiero estar contigo? Mi imaginación, cual veloz aeronave sin ruido e invisible, me lleva hasta ti. Tú no me ves, pero me presientes. Disfruto de tu voz, me extasío de tu perfume y acaricio tus cabellos.

¿Es tu imaginación tan prodigiosa como la mía?

sábado, 29 de agosto de 2026

ENVIDIA

     

                                                                                 ENVIDIA

¡Cómo envidio, bien mío, al agua que recorre tu cuerpo para limpiarlo y vitalizarlo!

            Sabe tu cuerpo que después del baño purificador recibirá el premio del exquisito perfume que le ofrendarás para dejar tu huella femenina impregnada en los lugares por donde pasees.

            Una mujer recién bañada, bella como tú, abunda en hermosura.

           Y envidio también al hombre que ha tenido la dicha de disfrutar ese aroma único.

            Y envidio a la sombra que vino contigo al mundo para acompañarte hasta el fin de tus días, cuando regreses a la madre Tierra a hacer realidad la sentencia bíblica “polvo eres y en polvo te convertirás”.

            ¡Yo quisiera ser tu sombra, sí,  para estar siempre junto a ti para llenarme de vida!

            Y envidio a los oídos que cada día te escuchan porque se nutren de tu armonía… y al recipiente donde tomas el vital líquido, el café mañanero o la bebida porque él, bien mío, recibe el néctar de tus labios que nunca besarán los míos.

            Y envidio al aire que respiras porque entra en ti y te oxigena.

RUEGO

 

                                                                RUEGO


Te suplico humildemente, Señor omnipotente, que no me obligues a poner la otra mejilla cuando sea golpeada en una, porque te desobedeceré.

Permíteme, sí, que huya rápidamente de mi enemigo para no seguir siendo maltratado.

Permíteme, sí, que reprima mis impulsos agresivos para no golpear igual o en mayor medida a quien me hiera.

Sé, Señor omnipresente, caritativo, generoso y tolerante, que al desobedecer tu sagrada voluntad me expongo a sufrir el castigo divino que mi rebeldía merece.

Pero es que yo no soy, Señor misericordioso,  como el sándalo, esa planta maravillosa de poderes curativos, que perfuma el hacha que lo hiere.

Ni soy San Francisco de Asís, el piadoso predicador de la palabra divina que le dio un beso al leproso.

Ni soy Fra Angélico, el que por respeto pintaba  los ángeles de rodilla.

Sencillamente soy un pecador que te suplica humildemente que coloques a mis enemigos a mil leguas de distancia para no sufrir el bochorno de su presencia y el temor de ser herido.

 

RISA

                                             RISA

No es tu sonrisa, bella dama, enigmática como la de La Gioconda, sino abierta como un libro con toda la sabiduría del mundo, la puerta que conduce a la libertad y el aljibe de la escondida covacha que me sirve de ermita para orar al buen y poderoso Dios que rige nuestros destinos y nos premia o nos castiga según obremos.

            Esa sonrisa, bella dama, que tú generosamente obsequias a quien necesita de ella para reconfortar su espíritu, es un espejo mágico donde se reflejan la alegría en su nivel óptimo, el río de caudalosas aguas que, aun sabiendo que morirá en el mar, no deja de hacer su recorrido y, si encuentra un obstáculo, se sumerge en la arena y cumple la voluntad de Dios, o la música de los pajarillos sobre los esbeltos árboles o encima de los diminutos arbustos.

            Que nunca desaparezca de tu rostro, bella dama, esa sonrisa de vida plena, de alegría y de cautivante poesía.

PESCADOR

  

PESCADOR

 

Otro buen día, amada, deseoso de aventuras, construí una debilucha barca, a la que le instalé unas frágiles velas, y sin brújula que orientara mi rumbo, ni conocimiento de las estrellas, me adentré en el azul del mar, tragándome de inmediato su inmensidad, cual lo hiciera la ballena con Jonás, el personaje bíblico.

  ¿Cuánto tiempo fui huésped asustado del océano? Nunca la supe, porque perdí el sentido de la temporalidad al tercer día de haber emprendido el alocado viaje, para el que no estaba preparado, y siendo un pescador inexperto y mal marinero, eché las redes donde no debí y, como lo dicta la lógica, nada, excepto ilusiones, logré substraerle al mar, que celebró con sus ondas cual caballos sin bridas, mi notoria torpeza, y rústica barcaza, evidentemente, apenas se alejó de la costa unas pocas millas, que yo cuantifiqué incalculables, por el tiempo, del que perdí su noción, que permanecí en las aguas oceánicas navegando en círculo, creyendo avanzar hacia su inmensidad para someterla y robarle sus secretos.

  ¡Qué ingenuo fui, amada, al emprender esta aventura marina que a ningún sitio desconocido me llevó y en la que sólo pesqué sueños! 

Otro buen día, amada, deseoso de aventuras, construí una debilucha barca, a la que le instalé unas frágiles velas, y sin brújula que orientara mi rumbo, ni conocimiento de las estrellas, me adentré en el azul del mar, tragándome de inmediato su inmensidad, cual lo hiciera la ballena con Jonás, el personaje bíblico.

  ¿Cuánto tiempo fui huésped asustado del océano? Nunca la supe, porque perdí el sentido de la temporalidad al tercer día de haber emprendido el alocado viaje, para el que no estaba preparado, y siendo un pescador inexperto y mal marinero, eché las redes donde no debí y, como lo dicta la lógica, nada, excepto ilusiones, logré substraerle al mar, que celebró con sus ondas cual caballos sin bridas, mi notoria torpeza, y rústica barcaza, evidentemente, apenas se alejó de la costa unas pocas millas, que yo cuantifiqué incalculables, por el tiempo, del que perdí su noción, que permanecí en las aguas oceánicas navegando en círculo, creyendo avanzar hacia su inmensidad para someterla y robarle sus secretos.

  ¡Qué ingenuo fui, amada, al emprender esta aventura marina que a ningún sitio desconocido me llevó y en la que sólo pesqué sueños! 

MOLINERA

 Antes, muchísimo antes, amada, de que saciaras tu sed de amor para siempre en mi líquido manantial, otras doncellas, gráciles y hermosas, sedientas también de ese sentimiento humano que tanto enternece a quienes lo experimentan, sorbieron esa agua deliciosa  y,  creyéndolo un espejo,  vieron sus imágenes, como tú lo haces ahora, reflejadas en su cristalino elemento.

No te miento, amada, si te confieso con la ingenua franqueza de un niño, que entre las doncellas que amé con singular ternura, con especial deferencia y con devoción franciscana recuerdo nostálgicamente a la bella y cándida molinera, cuyo nombre, por considerarlo inútil e irrelevante, jamás me preocupé en conocer. ¿Para qué, si con llamarla simplemente molinera, molinerita o moli encantadora. me sentía satisfecho y ella respondía a mis requiebros con mimosa coquetería y copiosa galantería?

          De la molinera, cuya belleza seráfica parecía haber sido extraída de una pintura religiosa, probé el fresco y divino pan preparado con trigo puro que ella misma cultivaba y recogía amorosamente para mí, para luego cocer, con piadoso esmero, en el diminuto horno de arcilla fabricado con sus manos de artista silvestre.

          En el regazo de la molinera, acogedor cual un lecho de olorosas flores o el remanso de un río de cristalinas y melodiosas corrientes, experimenté las más extraordinarias emociones idílicas y viví la insólita y única experiencia de la ya remota infancia y las ignotas vidas pasadas.

                 Los ojos de la molinera, radiantes cual la luz que despide el sol, fueron para mí espejos vivientes donde me extasié tantas veces en busca de respuestas a mis incertidumbres, penas y frustraciones. Y sus labios, bermejos como la pulpa de la granada, siempre estuvieron dispuestos a calmar mi insaciable sed de amor. ¡Qué ingrato, amada, fui con la molinera!

AMOR

 Para Arelis

 

Incansable viajero, tenaz orfebre de ilusiones fugaces, poeta de dolorido canto, debí cabalgar muchas lunas en mi raudo potro de ensueño buscándote en el reducido contorno de un universo que sólo existe en la infinita excelcitud la imaginación y en el sencillo gesto de la ingenuidad.

         Y cuando al fin cesó mi búsqueda, porque te presentaste sin la galantería de la espera, envuelta en violáceo traje, esplendente como el simbolismo de la cómplice tarde, y risueña cual el rostro de la inocencia infantil, desapareciste fugazmente, al igual que la estrella de mirífico cielo y que la silvestre flor del camino, donde tantas veces apoyé mi cansado cuerpo, luego de agotadora jornada.

         Y como ahora sé que existes, que no eres la imagen incorpórea de un sueño tiernamente construido, aunque inalcanzable, porque mi potro ha envejecido, mi voz se ha quebrado y la luz de mis ojos es ahora apenas leve resplandor, he regresado a lo cotidiano, a lo simple, porque tu recuerdo, amada, la seguridad de tu existencia, han obrado el milagro de reconciliarme con la vida, voluble, hasta tu fugaz aparición.

         ¡Cómo quise que en vez de breve tu presencia hubiese sido eterna¡ Habríamos ido, ¿verdad?, a llevarle flores a Amal y su pequeña amiga Sudha, y guiados por El Principito habríamos emprendido un viaje, cargados de libros, hacia todos los confines de la tierra para leerles cuentos a los niños y enriquecer el maravilloso mundo de la imaginación infantil. 

 

ALARIFE

                                                                   ALARIFE

Para corresponder a tu majestuoso amor, amada, dueña absoluta de todas mis inquietudes, con mis expertas manos de veterano alarife construí para ti un inmenso palacio que gratificaba, a quienes tenían el privilegio de contemplarlo, con la brillantez de múltiples coloridos que despedían, cual esplendorosos fuegos artificiales, los faroles de todos los diseños que lo alimentaban permanentemente de luz para que pareciera, aun en la noche más tenebrosa, pleno mediodía, y evitar así que la obscuridad con sus fantasmas empañara tu belleza y le restara impulso a tus encantos.

         Desde sus torres, amada, altas como las montañas que lo circundaban para protegerlo de extraños y resguardar nuestra privacía, a las que ascendíamos por sus interminables escaleras de caracol, veíamos el ocaso del día, el alegre y espontáneo jolgorio de las aves al recogerse en sus nidos; el tropel de los animales no alados cuando se dirigían a sus madrigueras cumplida ya su diaria faena; la rutilante luna en sus esporádicas peleas con las nubes en defensa de su brillantez y el paso  de las estrellas fugaces hacia espacios etéreos que nunca, por ignorancia de conocimientos astronómicos, pudimos identificar.

         Ese palacio, amada, recubierto de lapizlázuli y esmeralda que como ofrenda de amor te construí con mis laboriosas manos de alarife y mi poética imaginación, es testigo mudo de nuestras confidencias, de nuestros apasionados besos y de nuestra entrega ilímite a los sorprendentes encantos de la querencia, esa que confunde en un solo cuerpo a los amantes.

         Muchas veces, ¿recuerdas?, nos introducíamos, cándidos y felices, en cualquiera de las aclimatadas bañeras de la palaciega mansión y disfrutábamos tanto las caricias caprichosas del agua al juguetear en nuestros desnudos cuerpos, que tranquilamente, sin sentir ningún cargo de conciencia, dejábamos que el tiempo transcurriera libre como el viento y nos olvidábamos hasta de nosotros mismos y sus necesidades materiales.

         Pero no sólo un palacio surgió para ti, amada, de mis diestras manos de alarife y mi inconmensurable imaginación de poeta por siempre soñador. Te construí también, para halagarte, puentes inmensos y resistentes como mi voluntad, los cuales te permitieron cruzar, con increíble coquetería, inexistentes ríos, lagos y mares a los que materializamos, fugazmente, como parte esencial de un juego en el que estábamos inmersos conscientemente en regreso furtivo a nuestra ya lejana niñez.

         Hice igualmente para ti, porque eso era tu deseo y era factible su construcción, un enorme castillo al que dotamos imaginariamente de amigables fantasmas, de juguetones murciélagos y hacendosas arañas

         Ese palacio, amada, esos puentes y esos castillos todavía cobran vida.

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