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lunes, 9 de noviembre de 2020

MARABAL

 

MARABAL

A Reynaldo Suárez



 

Yo nací, amada prodigiosa, en un pueblecito arrullado por el canto de alborotadas guacharacas, el jolgorio de las hojas de debiluchos platanales y el melodioso y rítmico correteo de su río, que se perdía entre la blanca red de la arena para aparecer, más torrencial, en otra parte, luego de recorrer un túnel acuoso que nunca conocí, por lo infranqueable y lo hermético que era.

Marabal es el nombre de ese pueblecito, ahora parroquia, amada generosa cual Yomo, el que me contaba cuentos y me espantaba los duendes en las noches de miedo, que eran cuando tronaba y relampagueaba, cual tío Vicente, que me regalaba cañas y naranjas  chinas y me fabricaba zarandas, cual la señora Sabina, que era la abuela de todos los niños marabaleros, cual la señora Dorotea Frontado, que me obsequiaba mango carvá, cual Mercedes Lárez, que daba de lo poco que tenía,  y cual el señor Felipe, que me brindaba ponche en las mañanas y cariñosamente secaba mis lágrimas y acallaba mi llanto.

Andarín de mil caminos, amada tolerante de mis impertinencias, !Cómo he añorado en mi incesante trajinar por el mundo la fresca ternura de las aguas del río de mi infancia, en el que ahogué mis dolores y disfruté de inenarrables alegrías¡

No he visto, comprensiva amada, en las mil comarcas que he visitado, ni un paisaje, ni un amanecer, ni un atardecer, ni un río como los de mi infancia distante en Marabal.

Allí, devota amada, aprendí a amar los libros llevado de la mano de Evelio Suárez, el que vivía en la hacienda Ramírez y me arreglaba la vieja victrola traída por mi padre, Guzmán, de Trinidad.

Por Evelio, fervorosa amada, que me prestó El Conde de Montecristo, Aura o las violetasLas mil y una nochesAmaliaEl Mártir del Gólgota, Los tres mosqueteros  y María, viajé a maravillosos mundos en alfombras mágicas, supe de la prisión de Edmundo Dantés en el castillo de If y de su escape al morir el abate Farías, en el lienzo de muerto que lo lanzó a la libertad; conocí la tristeza literaria tras el fallecimiento de Aura y de María, me enteré de la muerte de Jesucristo, crucificado, en el cerro de El Calvario; me hice mosquetero de la corte francesa y  amé a Amalia y odié al tirano argentino Juan Manuel Rosas. Creo, tierna amada, que desde entonces, en mi distante inocencia campesina, sentí repulsa hacia los dictadores.

En la hacienda  Ramírez, ahora con otro nombre, amada infinita, había la única casa de balcón de Marabal, a donde iba con frecuencia, y a la que he vuelto en alas del sueño al igual que a la vieja casa donde nací, un febrero atormentado. No sé por qué, amada encantadora, esta casa se me pareció a la de Amalia, la de la novela homónima, ahora en mi biblioteca, presentación muy lujosa, porque mi hijo Gustavo Adolfo, conocedor de mi especial gusto por ese tesoro del romanticismo, me la compró en una librería argentina.

Allí, candorosa amada, conocí a Paola, sobrina de Evelio e hija de Reynaldo, quien para hacerme poner bravo me decía, sonriendo, que era mi novia.

Esta niña, floreciente amada, según mi patrón de belleza de la infancia, me pareció feísima. No la he visto más, dulce amada, ni tampoco a Reynaldo.

Pero sí estuve en Buenos Aires, escenario del romance entre Amalia y Daniel,  y de su muerte por uno de los esbirros del tirano.

 

 

 

 

 

domingo, 8 de noviembre de 2020

MOLINERA

 

MOLINERA

 

 

 

Antes, muchísimo antes, amada, de que saciaras tu sed de amor para siempre en mi líquido manantial, que desde entonces clausuré para que sólo tú sorbieras su agua, otras doncellas, gráciles y hermosas, sedientas también de ese sentimiento humano que tanto enternece a quienes lo experimentan, bebieron el vital líquido y creyéndolo un espejo vieron sus imágenes, como tú lo haces ahora, reflejadas en su cristalino elemento.

No te miento, amada, si te confieso con la ingenua franqueza de un niño, que entre las doncellas que amé con singular ternura, con especial deferencia y con devoción franciscana recuerdo nostálgicamente a la bella y cándida molinera, cuyo nombre, por considerarlo inútil e irrelevante, jamás me preocupé en conocer. ¿Para qué, si con llamarla simplemente molinera, molinerita o moli encantadora me sentía satisfecho y ella respondía a mis requiebros con mimosa coquetería y copiosa galantería?

De la molinera, cuya belleza seráfica parecía haber sido extraída de una pintura religiosa, probé el fresco y divino pan preparado con trigo puro que ella misma cultivaba y recogía amorosamente para mí, para luego cocer, con piadoso esmero, en el diminuto horno de arcilla fabricado con sus manos de artista silvestre.

En el regazo de la molinera, acogedor cual un lecho de olorosas flores o el remanso de un río de cristalinas y melodiosas corrientes, experimenté las más extraordinarias emociones idílicas y viví la insólita y única experiencia de la ya remota infancia y las ignotas vidas pasadas.

Los ojos de la molinera, radiantes cual la luz que despide el sol, fueron para mí espejos vivientes donde me extasié tantas veces en busca de respuestas a mis incertidumbres, penas y frustraciones. Y sus labios, bermejos como la pulpa de la granada, siempre estuvieron dispuestos a calmar mi insaciable sed de amor.

¡Qué ingrato, amada, fui con la molinera!

 

 

 

sábado, 7 de noviembre de 2020

INGENUIDADES

 

INGENUIDADES

       

 

¿Si en vez de lirio, o rosa, o clavel, o mirto, amada, fuerza zarza, sólo espinas o apenas hierba silvestre sin encanto, me querrías igual?

¿Si en vez de majestuosa águila, amada, o turpial de vistoso plumaje y cántico enternecedor fuera apenas frágil colibrí, melodioso jilguero, taciturno búho o leve mariposa de divinos colores y silente vuelo, me querrías igual?

¿Si en vez de guerrero invicto en mil batallas, amada, o intrépido navegante vencedor de todos los mares, o valeroso conquistador de pueblos, aldeas y ciudades de toda la faz de la tierra, fuera simplemente pusilánime soldado a quien asustan el ruido de los sables, el estampido de los cañones y la presencia de la sangre, o humilde marinero de orilla que teme adentrarse en alta mar, o asustadizo ser incapaz de abandonar su territorio por temor a lo desconocido, me querrías igual?

 

 

viernes, 6 de noviembre de 2020

OFICIOS

 

OFICIOS

 

Te lo juro, amada, que si de mi voluntad única hubiera dependido la determinación suma de cuanto sería mi vida como oficiante, muy distinto sería mi destino, pues ninguna de las mil actividades laborales que he realizado para subsistir guarda relación con lo que quise realmente hacer, ya que he aterrizado en ellas cual avión sin rumbo.

Yo hubiera querido ser, por ejemplo, carretero para hacer largos viajes en rutas asaz conocidas, seguro de que a mi regreso tú me esperarías, amada, en la puerta de nuestra humilde vivienda, con los brazos abiertos y una sonrisa delatadora de la felicidad  derivada de un evento, que no por rutinario, deja de ser encantador y fascinante para ambos, que medimos la intensidad de nuestro amor con la vara de la gratificación espiritual que nos depara, desechando la banalidad de lo efímero material.

O también, amada, jardinero para cuidar, celosamente, ese don de las plantas florales, de todos los colores y perfumes que la naturaleza, inmerecidamente, ofrendó al hombre, su peor enemigo. O podría haber sido labrador para compenetrarme con la tierra y extraer de sus entrañas el jugo de la vitalidad. O finalmente, marinero o pescador para escudriñar la líquida ruta de los mares y conocer sus secretos.

 

 

LAGAR

 

LAGAR

 

 

 

 

Tus menudos y delicados pies de princesa, amada, y los míos de labrador, rústicos y ordinarios, bailaron incesantemente con el melodioso canto de un turpial de ufano porte, sobre las frágiles uvas lilas y glaucas, recién cosechadas, para extraerles el dulce y generoso zumo que transmutamos en vino bienhechor el cual libamos, hasta embriagarnos amorosamente, como ofrenda de gratificación a la madre tierra, por ser tan generosa; al agua, por nutrir las vides durante todo el mirífico proceso de crecimiento, y al sol por darle la exacta maduración al fruto, final feliz de una esperanzadora jornada agrícola meses atrás.

Inexpertos como lo éramos, amada, en el arado de la tierra para someterla y arrancarle el prodigioso premio vital escondido en sus entrañas, sabíamos que con tenacidad ilímite, paciencia suprema y aprendizaje permanente podíamos domeñarla, amistarnos con ella, para así cosechar el fruto que luego, en festivo ritual, comimos y sorbimos golosamente hasta extasiarnos, calmadas ya nuestra sed nuestra  hambre.

Esta tierra, amada, escogida al azar para cultivar nuestras vides, no era ubérrima; sin embargo, la amorosa dedicación que le ofrendamos hizo el milagro de la abundante fructificación

jueves, 5 de noviembre de 2020

BELLEZA

 

BELLEZA

 

¿Cómo eres más bella, bien mío, consuelo de mi vida, agua exacta y bienhechora en el desierto cuyas arenas queman mis pies descalzos, néctar exquisito que endulza y aleja hacia distantes espacios la acidez que adormece mi paladar, lectora única de mis poemas sin gracia?

¿Desnuda, bien mío, entre sábanas albas inmaculadas, confundidas con las sombras de la obscuridad, reflejo de tu pudor, o recién salida del baño, olorosa a flores de mirto, de clavel perfumado de canela y de azahar recién fugado del naranjero?

Sé, bien mío, que por humildad o por montuna nunca me dirás cuándo eres más bella.

Sé también, bien mío, que el muro interpuesto entre tu orilla y la mía impedirá que conozca en cuál condición eres más bella, pero en mi augusta imaginación te visualizo hermosa en la obscuridad, llena de misterioso encanto, y recién salida del baño de mi covacha de sueños te presumo olorosa a gloria, sugestiva al amor terrenal y encantadoramente coqueta.

 

 

miércoles, 4 de noviembre de 2020

COLOFÓN

 

COLOFÓN

 

 

 

A ti, amada omnisciente y ubicua, producto de mis vivencias oníricas, de mis fantasías y una que otra realidad, van dirigidas estas páginas que debieron haber tenido vida hace siglos o quizás milenios.

Porque yo, amada inmortal y luminosa, he vivido muchas vidas, y ésta de ahora, que he compartido contigo y con muchas otras doncellas, es apenas la continuación de una existencia anterior, que presumo transcurrió en una friolenta aldea de labradores de inconmensurable altura, y el pórtico de otra ya cercana que no sé cómo, cuándo ni dónde se materializará.

¿Por qué te hablo de siglos y milenios en vez de años y meses, como sería lo natural? Porque mi discurso, simple como una gota de agua y diáfano como la sonrisa de un niño, está expresado en lenguaje poético, que nada tiene que ver con el tiempo real.

A ti, dulce y consecuente amada, que durante milenios has estado aposentada en lo más recóndito de mi conciencia sin que yo lo notara, puesto que esa era tu soberana decisión, debo la inspiración de esta obra, que aparentemente son producto de mi talento e inteligencia, pero que en honor a la verdad te pertenecen porque tú le insuflaste vida con tu inagotable numen, y mi participación en ese proceso de creación poética fue de simple partero o de canal de comunicación para que viera la luz e irradiara sus rayos a todos aquellos lectores que se aproximen a ella. ¡Gracias, amada eterna!

 

martes, 3 de noviembre de 2020

ENVIDIA

 

ENVIDIA 

¡Cómo envidio, bien mío, al agua que recorre tu cuerpo para limpiarlo y vitalizarlo!

Sabe tu cuerpo que después del baño purificador recibirá el premio del exquisito perfume que le ofrendarás para dejar tu huella femenina impregnada en los lugares por donde pasees.

Una mujer recién bañada, bella como tú, abunda en hermosura.

Y envidio también al hombre que ha tenido la dicha de disfrutar ese aroma único.

Y envidio a la sombra que vino contigo al mundo para acompañarte hasta el fin de tus días, cuando regreses a la madre Tierra a hacer realidad la sentencia bíblica “polvo eres y en polvo te convertirás”.

¡Yo quisiera ser tu sombra, sí,  para estar siempre junto a ti para llenarme de vida!

Y envidio a los oídos que cada día te escuchan porque se nutren de tu armonía… y al recipiente donde tomas el vital líquido, el café mañanero o la bebida porque él, bien mío, recibe el néctar de tus labios que nunca besarán los míos.

Y envidio al aire que respiras porque entra en ti y te oxigena.

 

 

lunes, 2 de noviembre de 2020

POETAS

 

POETAS

 

Los poetas, amada mía, con la divina anuencia de los dioses de todas las religiones, tenemos el privilegiado don de ser distintos a los demás mortales, porque nuestros pensamientos pueden obrar maravillas creando mundos que sólo nosotros podemos habitar y disfrutando, llevando agua a recónditos e infértiles desiertos para saciar nuestra sed y la de nuestros hermanos ermitaños que han abandonado el mundanal ruido del que habló Fray Luis de León, con el elevado fin místico de estar más cerca de Dios, y llevando alegría a aquellos lugares donde sólo hay tristeza.

Tú, amada, eres el fruto de mi angustiada imaginación poética, sola en la multitud por incomprendida, ahíta de dialogar con quienes enardecieron adrede para no escuchar su plática, y temerosa en su covacha de sueños ante lo inescrutable.

Nadie, que no sea yo, amo y esclavo de ti, según la ocasión, puede establecer comunicación contigo para confiarle sus cuitas y recibir el oportuno alivio a sus penas. Y ello es posible por mi condición de poeta, y como tal, taumaturgo, capaz de darle vida a lo inanimado, belleza a quien está carente de dotes estéticos, sanidad al que está enfermo de cuerpo y espíritu, alas al desolado hombre que quiere acercarse hasta el cielo para platicar con las estrellas y otras maravillas cuyo límite es la mente.

 

domingo, 1 de noviembre de 2020

MENTALIZACIÓN

 

MENTALIZACIÓN

 

 

 

 

Para refrescar tu cuerpo, amada, ardoroso por la calidez del clima, que había llegado extremo insoportable, utilicé el poder de mi mente, fuerte como el acero, el diamante y la roca, que me confió sus milenarios secretos de longevidad, al trocar su notoria taciturnidad en locuacidad.

Entonces, pude transformar la furiosa velocidad del huracán en grácil y débil brisa para expulsar el sofocante calor que te hería y reducir la caudalosa corriente del río en apacible fuente de cristalinas aguas para que te bañaras en ellas, calmaras tu insaciable sed y te libraras de la inquietud provocada por el quemante verano.

El poder de mi mente, que tú agigantas, amada, para que fuera más eficaz, convirtió para ti el desierto en jardín edénico, en ofrenda galante que llevaría el cántico de las bullangueras aves y el melodioso rumor del agua de manantial a tus oídos para alegrarte la vida, perfumaría tu cuerpo el aroma prodigioso de las abundantes flores y te vitalizaría la convivencia con la naturaleza en su condición más sublime y pura.

Mi potencia mental, que utilicé para fortalecer tu felicidad, amada, materializando tus románticos caprichos y mis deseos innúmeros de hacerte dichosa, sin importarme los medios ni los costos, transformó la inaccesible montaña en preciosa pradera para que correteáramos libremente, admiráramos el cielo y su inmensidad, fabuláramos sobre lo que nos ofrecía la naturaleza y meditáramos largamente, como dos ermitaños en la profundidad de un desconocido desierto.

 

 

 

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