DEVOCIÓN
Desde que llegaste a mi humilde covacha de
eremita, bien mío, hace un milenio, te convertiste en un ser al cual, a pesar
de vivir a la orilla contraria a la mía, separadas ambas por mil leguas de
aguas marinas, le rindo pleitesía en el pedestal de amor donde te he situado.
En ese recinto sacro, siempre
iluminado por luces de colores sublimes, te invoco en mis oraciones para
sentirte, soñarte, acariciarte cuando te marchas a tu distante morada, cercana
poéticamente a mi covacha pero distante en tiempo real.
Estás, bien mío, aposentada
plácidamente en lo más recóndito de mi corazón.
Esa devoción por ti -¿Es
recíproca?- hace reverdecer los alicaídos árboles de mi otoño sin fin y bajo su
deliciosa sombra, oyendo el alborozado cántico de las avecillas silvestres, te
imagino acompañándome en el disfrute de la naturaleza, espléndida y sabia,
amorosa y saludable.
Hotel Concorde, Buenos Aires,
Argentina, marzo de 2012.
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