VIOLINISTA
La bota vil,
del sanguinario
esbirro,
rompió el violín
del noble violinista,
pero no pudo
doblegar su valor,
ni derrotar,
con sus armas de
muerte,
la libertad
por él representada
en cada nota
de su violín herido.
VIOLINISTA
La bota vil,
del sanguinario
esbirro,
rompió el violín
del noble violinista,
pero no pudo
doblegar su valor,
ni derrotar,
con sus armas de
muerte,
la libertad
por él representada
en cada nota
de su violín herido.
BELLEZA
¿Cómo eres más bella,
bien mío, consuelo de mi vida, agua exacta y bienhechora en el desierto cuyas
arenas queman mis pies descalzos, néctar exquisito que endulza y aleja hacia
distantes espacios la acidez que adormece mi paladar, lectora única de mis
poemas sin gracia?
¿Desnuda, bien mío,
entre sábanas albas inmaculadas, confundidas con las sombras de la obscuridad,
reflejo de tu pudor, o recién salida del baño, olorosa a flores de mirto, de
clavel perfumado de canela y de azahar recién fugado del naranjero?
Sé, bien mío, que por
humildad o por montuna nunca me dirás cuándo eres más bella.
Sé también, bien mío,
que el muro interpuesto entre tu orilla y la mía impedirá que conozca en cuál
condición eres más bella, pero en mi augusta imaginación te visualizo hermosa
en la obscuridad, llena de misterioso encanto, y recién salida del baño de mi
covacha de sueños te presumo olorosa a gloria, sugestiva al amor terrenal y
encantadoramente coqueta.
¿
OFICIOS
Te lo
juro, amada, que si de mi voluntad única hubiera dependido la determinación
suma de cuanto sería mi vida como oficiante, muy distinto sería mi destino,
pues ninguna de las mil actividades laborales que he realizado para subsistir
guarda relación con lo que quise realmente hacer, ya que he aterrizado en ellas
cual avión sin rumbo.
Yo
hubiera querido ser, por ejemplo, carretero para hacer largos viajes en rutas
asaz conocidas, seguro de que a mi regreso tú me esperarías, amada, en la
puerta de nuestra humilde vivienda, con los brazos abiertos y una sonrisa
delatadora de la felicidad derivada de un evento, que no por rutinario,
deja de ser encantador y fascinante para ambos, que medimos la intensidad de
nuestro amor con la vara de la gratificación espiritual que nos depara,
desechando la banalidad de lo efímero material.
O
también, amada, jardinero para cuidar, celosamente, ese don de las plantas florales,
de todos los colores y perfumes que la naturaleza, inmerecidamente, ofrendó al
hombre, su peor enemigo. O podría haber sido labrador para compenetrarme con la
tierra y extraer de sus entrañas el jugo de la vitalidad. O finalmente,
marinero o pescador para escudriñar la líquida ruta de los mares y conocer sus
secretos.
INGENUIDADES
¿Si en vez de lirio, o
rosa, o clavel, o mirto, amada, fuera zarza, sólo espinas o apenas hierba
silvestre sin encanto, me querrías igual?
¿Si en vez de majestuosa águila, amada, o
turpial de vistoso plumaje y cántico enternecedor fuera apenas frágil colibrí,
melodioso jilguero, taciturno búho o leve mariposa de divinos colores y silente
vuelo, me querrías igual?
¿Si en vez de guerrero invicto en mil
batallas, amada, o intrépido navegante vencedor de todos los mares, o valeroso
conquistador de pueblos, aldeas y ciudades de toda la faz de la tierra, fuera
simplemente pusilánime soldado a quien asustan el ruido de los sables, el
estampido de los cañones y la presencia de la sangre, o humilde marinero de
orilla que teme adentrarse en alta mar, o asustadizo ser incapaz de abandonar
su territorio por temor a lo desconocido, me querrías igual?
MARABAL
A Reynaldo Suárez
Yo nací, amada
prodigiosa, en un pueblecito arrullado por el canto de alborotadas guacharacas,
el jolgorio de las hojas de debiluchos platanales y el melodioso y rítmico
correteo de su río, que se perdía entre la blanca red de la arena para
aparecer, más torrencial, en otra parte, luego de recorrer un túnel acuoso que
nunca conocí, por lo infranqueable y lo hermético que era.
Marabal es el nombre
de ese pueblecito, ahora parroquia, amada generosa cual Yomo, el que me contaba
cuentos y me espantaba los duendes en las noches de miedo, que eran cuando
tronaba y relampagueaba, cual tío Vicente, que me regalaba cañas y naranjas
chinas y me fabricaba zarandas, cual la señora Sabina, que era la abuela de
todos los niños marabaleros, cual la señora Dorotea Frontado, que me obsequiaba
mango carvá, cual Mercedes Lárez, que daba de lo poco que tenía, y cual
el señor Felipe, que me brindaba ponche en las mañanas y cariñosamente secaba
mis lágrimas y acallaba mi llanto.
Andarín de mil
caminos, amada tolerante de mis impertinencias, !Cómo he añorado en mi
incesante trajinar por el mundo la fresca ternura de las aguas del río de mi
infancia, en el que ahogué mis dolores y disfruté de inenarrables alegrías¡
No he visto, comprensiva amada, en las mil
comarcas que he visitado, ni un paisaje, ni un amanecer, ni un atardecer, ni un
río como los de mi infancia distante en Marabal.
Allí, devota amada,
aprendí a amar los libros llevado de la mano de Evelio Suárez, el que vivía en
la hacienda Ramírez y me arreglaba la vieja victrola traída por mi padre,
Guzmán, de Trinidad.
Por Evelio, fervorosa
amada, que me prestó El Conde de Montecristo, Aura o las violetas, Las
mil y una noches, Amalia, El Mártir del Gólgota, Los
tres mosqueteros y María, viajé a maravillosos
mundos en alfombras mágicas, supe de la prisión de Edmundo Dantés en el
castillo de If y de su escape al morir el abate Farías, en el lienzo de muerto
que lo lanzó a la libertad; conocí la tristeza literaria tras el fallecimiento
de Aura y de María, me enteré de la muerte de Jesucristo, crucificado, en el
cerro de El Calvario; me hice mosquetero de la corte francesa y amé a Amalia
y odié al tirano argentino Juan Manuel Rosas. Creo, tierna amada, que desde
entonces, en mi distante inocencia campesina, sentí repulsa hacia los
dictadores.
En la hacienda
Ramírez, ahora con otro nombre, amada infinita, había la única casa de
balcón de Marabal, a donde iba con frecuencia, y a la que he vuelto en alas del
sueño al igual que a la vieja casa donde nací, un febrero atormentado. No sé
por qué, amada encantadora, esta casa se me pareció a la de Amalia, la de la
novela homónima, ahora en mi biblioteca, presentación muy lujosa, porque mi
hijo Gustavo Adolfo, conocedor de mi especial gusto por ese tesoro del
romanticismo, me la compró en una librería argentina.
Allí, candorosa amada,
conocí a Paola, sobrina de Evelio e hija de Reynaldo, quien para hacerme poner
bravo me decía, sonriendo, que era mi novia.
Esta niña, floreciente
amada, según mi patrón de belleza de la infancia, me pareció feísima. No la he
visto más, dulce amada, ni tampoco a Reynaldo.
Pero sí estuve en
Buenos Aires, escenario del romance entre Amalia y Daniel, y de su muerte
por uno de los esbirros del tirano.
ARTISTA
Si en vez de
mandadero, niña mía, hubiera sido pintor, habrías sido mi modelo única al
plasmar en un lienzo tu belleza sublime con la Naturaleza al fondo, el río, el
jardín, la luna, el sol, el mar o un cocotero.
Si en vez de obrero
petrolero, niña soñada, hubiera sido escultor, habría tallado en piedra, en
madera o en metal tu soberbia belleza para exponer mi obra estatuaria en los
más afamados museos del mundo. Y todos te admirarían. Y todos los críticos de
arte me alabarían.
Si en vez de policía,
niña encantadora, hubiera sido orfebre, lucirías en tus delicadas orejas, en tu
cuello de orgulloso cisne, en tu frente que acaricio con ternura y en tus finos
dedos que han recorrido en viaje romántico cada porción de mi cuerpo, diademas,
anillos, collares y zarcillos de joyas preciosas que todas las mujeres
envidiarían.
Si en vez de
periodista, niña mimada, hubiera sido artista musical, habría escrito para ti
las canciones más hermosas que tú cantarías con tu exquisita voz.
¡Soñar es gratis, niña
bella, soñemos juntos!
RETROSPECCIÓN
He hecho, bien mío, un viaje imaginario
hacia lo más recóndito de mi pasado.
Y pocos
eventos, bien mío, de esa antipática y desconcertante parte de mi vida, a un
milenio de su ocurrencia, vale la pena recordarse por las heridas tan dolorosas
que provocaron en mi debilitada carne y en mi desconocido espíritu.
Reviviré, bien mío, para ti, las
diminutas vivencias que en los constantes momentos de adversidad sirvieron de
catarsis, palabra que entonces no estaba en mi léxico, a mis sufrimientos que,
sin embargo, afloran en mis sueños como pesadillas horribles.
Y no te cuento esos episodios que quisiera
arrojar bien lejos de mi subconsciencia, para que no me sigan lacerando, porque
no quiero ver que de tus ojos broten lágrimas de tristeza sino de alegría
¿Lo único placentero de esa época que no
puedo apartar de mí?
-Los libros que leía desordenadamente,
pero que me cautivaban.
Yomo, el viejito que me espantaba los
duendes de las noches sombrías.
Agua Caliente, donde nunca vi a la ninfa
que encantaba al que la viera.
El río, donde me bañaba y jugaba con otros
niños, al día siguiente de la crecida.
La señora Sabina que me santiguaba y me
consentía con café y frutas.
El tío Vicente, que me regalaba caña y
catuche.
Quisiera, bien mío, no haber pasado por
esas etapas de mi alocada vida, y comenzar desde el momento que te conocí
y tú me conociste.
Y nació el amor imposible.
CLARIDAD
Desvanezco de gozo, bien mío, cuando la penumbra de la noche muere para dar
paso a la aurora y los primeros rayos del sol anuncian la llegada de otro día y
con él el alboroto musical de los pájaros, la llegada de los pescadores con
buena o regular pesca y la incorporación de los labradores a sus sembradíos
para acariciar con sus herramientas de labranza la superficie terrena que
producirá opima cosecha.
Me arrobo de dicha, bien mío, al verme en los espejos de tus ojos, cuando
no parpadeas, porque percibo en ellos la calidez de tu amor, la luz que
mentalizo para espantar los fantasmas de los perversos recuerdos que perforan
cada segmento de mi consciencia y la iluminación capaz de activar los resortes
de mis pensamientos que harán fluir, cual huracán, cual volcán en ebullición o
cual río crecido, las imágenes y metáforas perfectas que
alimentarán a los poemas que tú ávidamente leerás.
¡Oh, dichosa claridad que iluminas mi vida para nutrirla de tus rayos
bienhechores y permitir que no desfallezca, por orfandad, mi afán de escribir
en prosa o en verso!