PIANISTA
Pianista fílmica,
juguetearon tus manos
con gracia y sal
en cada tecla sacra.
MENTALIZACIÓN
Para
refrescar tu cuerpo, amada, ardoroso por la calidez del clima, que había
llegado extremo insoportable, utilicé el poder de mi mente, fuerte como el
acero, el diamante y la roca, que me confió sus milenarios secretos de
longevidad, al trocar su notoria taciturnidad en locuacidad.
Entonces,
pude transformar la furiosa velocidad del huracán en grácil y débil brisa para
expulsar el sofocante calor que te hería y reducir la caudalosa corriente del
río en apacible fuente de cristalinas aguas para que te bañaras en ellas,
calmaras tu insaciable sed y te libraras de la inquietud provocada por el
quemante verano.
El
poder de mi mente, que tú agigantas, amada, para que fuera más eficaz,
convirtió para ti el desierto en jardín edénico, en ofrenda galante que
llevaría el cántico de las bullangueras aves y el melodioso rumor del agua de
manantial a tus oídos para alegrarte la vida, perfumaría tu cuerpo el aroma
prodigioso de las abundantes flores y te vitalizaría la convivencia con la
naturaleza en su condición más sublime y pura.
Mi
potencia mental, que utilicé para fortalecer tu felicidad, amada,
materializando tus románticos caprichos y mis deseos innúmeros de hacerte
dichosa, sin importarme los medios ni los costos, transformó la inaccesible
montaña en preciosa pradera para que correteáramos libremente, admiráramos el
cielo y su inmensidad, fabuláramos sobre lo que nos ofrecía la naturaleza y
meditáramos largamente, como dos ermitaños en la profundidad de un desconocido
desierto.
DESNUDOS
No me verás
en tu cuerpo desnudo
apoltronado.
No te veré,
bien mío, apoltronada
entre mis piernas.
ABSURDIDAD
Nunca seré rey
porque siento repulsa
por los monarcas
y sus bufas coronas.
Nunca seré
ni atleta ni pintor
porque carezco
de dones deportivos
y no sé de arte.
Sólo seré
guardián de tus
caprichos
y jardinero,
bien mío, en tu vergel.
MAR
Siempre,
amada, respeté la inmensidad del mar y admiré, con poética intensidad, la
belleza multiforme de sus olas, la policromía de su líquido elemento, la
ilusión óptica de cercanía a la costa con que nos engaña cuando hacemos su
travesía en barco y su aparente vecindad con el globo celeste.
No soy
hombre de mar, por ser totalmente obtuso en el conocimiento de las artes
náuticas, pero me gustaría serlo para balancearme con mi barco de diseño único
en el lomo de los caballos de todos los colores y tamaños formados por las
olas, penetrar sus entrañas para profanar el altar de sus tesoros bien
guardados y ponerle fin a mi secular pobreza material, contemplar sus corales
para deleitarme con la singular belleza roja o rosada de los poliperos
calcáreos, que pulimentados se exhiben en las joyerías, y extraer de su seno,
marchito ya por la depredación humana que todo lo destruye inmisericorde e
irresponsablemente, para saciarme hambre, el hambre de mi familia y el hambre
de mis semejantes, el bienhechor alimento integrado por peces de todas las
especies y tamaños, moluscos, crustáceos y quelonios.
Sé
perfectamente, amada, porque así lo leí en el libro de mi vida, que nunca seré
marino ni pescador y por lo tanto no podré adentrarme en sus profundidades para
conocer sus secretos ni desafiarlo con una nave que jamás conduciré, ni
siquiera en la costa.
ROSAS
En
mi poético jardín, nutrido con impoluta
agua del rocío matinal, sembré con mis manos ya rugosas por tanto uso, plantas
de rosas amarillas, que al abrir sus
delicados botones para que los pétalos me ofrendaran su belleza amarilla
parecida a la brillantez del oro, al trigo
al vestuario floral del araguaney, al girasol y a mi tristeza.
Rosas
llevaba María a la habitación de Efraín para embellecerla y sublimizarla de
ella y rosas amarillas, rojas y blancas poetizan la hacienda El Paraíso,
escenario física de la inmortal novela de Jorge Isaacs, que conocí, y donde
sentí una sensación única de amor, paz, de poesía.
Rosa,
pero amarilla, era la flor preferida de Juan Ramón Jiménez, el inmortal autor
de “Platero y yo”. En Moguer, ¡Oh poesía!,
conocí el pesebre de Platero y también su tumba de Fuentepiña que cada
año los poetas españoles visitan montados en borriquillos.
En
otra vida quisiera ser jardinero para sembrar rosas amarillas.