PREGUNTA
¿Por qué tan mala
fuiste conmigo, vida
en mi niñez?
¡Orfandad infinita!
¡Ausencia de cariño!
PREGUNTA
¿Por qué tan mala
fuiste conmigo, vida
en mi niñez?
¡Orfandad infinita!
¡Ausencia de cariño!
PERENNIDAD
Si fueras flor
silvestre del camino
con el amor
¡Prodigio de la vida!
Perennidad tendrías.
BORRACHO
¡Pobre borracho!
Del licor prisionero
inexorable.
El cuerpo envenenado.
La mente dislocada
INVITACIÓN
Ave de paso,
¡Oh! no quiero que
seas
en mi covacha.
Mora conmigo
para siempre, bien
mío,
en su interior.
CLAVELES
Claves blancos,
claveles amarillos,
claveles rojos,
claveles matizados
de luz y poesía.
Te
lo juro, amada, que si de mi voluntad única hubiera dependido la determinación
suma de cuanto sería mi vida como oficiante, muy distinto sería mi destino,
pues ninguna de las mil actividades laborales que he realizado para subsistir
guarda relación con lo que quise realmente hacer, ya que he aterrizado en ellas
cual avión sin rumbo.
Yo hubiera querido ser, por
ejemplo, carretero para hacer largos viajes en rutas asaz conocidas, seguro de
que a mi regreso tú me esperarías, amada, en la puerta de nuestra humilde
vivienda, con los brazos abiertos y una sonrisa delatadora de la felicidad
derivada de un evento, que no por
rutinario, deja de ser encantador y fascinante para ambos, que medimos la
intensidad de nuestro amor con la vara de la gratificación espiritual que nos
depara, desechando la banalidad de lo efímero material. O también, amada,
jardinero para cuidar, celosamente, ese don de las plantas florales, de todos
los colores y perfumes que la naturaleza, inmerecidamente, ofrendó al hombre,
su peor enemigo. O podría haber sido labrador para compenetrarme con la tierra
y extraer de sus entrañas el jugo de la vitalidad. O finalmente, marinero o pescador
para escudriñar la líquida ruta de los mares y conocer sus secretos.
¿Te atreverías, bien mío, a soltar tus alas, blancas cual las de los
ángeles, las de las airosas garzas de los espléndidos llanos venezolanos y las
de la leche nutricia que da vida, a volar, volar como las mariposas que se
posan sobre las flores para vencer la distancia que separa tu orilla de la mía
y aposentarte en mis brazos, acerados y broncíneos para ti?
¿Te atreverías, bien mío, a sumergirte conmigo en la cavidad del
océano para admirar los pececillos de todas las gamas nadar con la seguridad de
que el pez más grande no se los engullirá y de que no tendrán la tentación
del señuelo del pescador que quiere atraparlos?
¿Te atreverías, bien mío, a acompañarme en mis atolondrados viajes sin
destino cierto?
¿Te atreverías, bien mío, a saludar conmigo, con la complicidad del
silencio, la llegada del alba que anuncia un nuevo día, el crepúsculo que
anuncia cual fílmica cámara lenta, el adiós de la luz y la proximidad de la
noche con sus sombras, sus fantasmas, su luna y sus luceros?
Amo el leve vuelo del colibrí cuando afanosamente introduce su delicado
pico en la flor que escoge para extraer su halo nutricio y continúa su apurado
vuelo hacia otra flor, que pareciera esperarlo.
Amo la leve reverencia impertinente y constante de la ola marina que
besa furtivamente, con sus salados labios, la blanca arena de la playa, que pareciera
regocijarse.
Amo la levedad de mi encuentro contigo, bien mío, ínfimo en tiempo real,
pero inconmensurable en tiempo poético.
Amo la levedad de las flores silvestres porque al morir con el quehacer
de cada día, me regala su perfume y su luz violeta, amarilla, azul, matizada y
carmesí al alba siguiente con más belleza.
Amo la levedad de los recuerdos ingratos porque mi espíritu se libera de
fealdades negativas y se potencializa con lindas vivencias reconfortantes y
positivas.
Con sólo mirarte, bien mío, siento las delicadas caricias que sólo
tú sabes prodigarme, porque tu mirada es hipnótica y arrobadora, capaz de
transportarme a idílicos parajes inimaginables en la realidad por más encanto
que ella tenga.
Con sólo sentir, bien mío, tus delicadas manos en mi áspera frente, cuando la
adversidad me agobia, cuando la angustia carcome cada diminuta porción de mi
ser y cuando las quemaduras de mis andarines pies, de tanto vagar en el
desierto, se hacen insufribles, todo padecimiento físico o mental desaparece y
mi cuerpo y mi alma marchan armónicamente.
Con sólo imaginarte, bien mío, aunque estés en otro hemisferio, te siento
a mi lado, en mi covacha de sueños, platicando loquedades, ofrendándome tu
cariño único y haciendo travesuras, cual si fuéramos niños de padres
amorosos y tiernos.
¡Qué sería de mí, bien mío, si no tuviera el hechizo de tu amor!