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lunes, 19 de noviembre de 2018

MUNIFICENCIA


MUNIFICENCIA



Cada día, amada primorosa, al levantarme, dirijo mis avejentados ojos hacia el cielo para extasiarme de la benevolencia del sol y agradecerle su brillante generosidad matutina, símbolo de vitalidad, símbolo de la luz, capaz de broncear la piel humana y producir energía lumínica para hacer que huyan las sombras y para que seque los granos de cacao y café que, luego de procesados, nos regalan sus exquisitos aromas.
Cada día, amada, les doy gracias, en extrema cantidad, a los dioses que protegen a mi tímida inspiración y me permiten que las musas iluminen el camino exacto de la poesía que vuelco en el papel, que tú lees ávidamente, como muchos otros lectores de muchas partes del mundo, en forma anónima, o abierta, con sus comentarios que incitan a seguir el sendero maravilloso de las letras.
¡Qué munificente eres, amada!
¡Qué munificentes son quienes me leen con avidez, como tú!








CREER


CREER



Creo en las bondades del amor, amada gentil, porque si mi alma está enferma encuentro en él el bálsamo milagroso que me sana y alienta para que no desmaye en el propósito de ser mejor, alcanzar la humildad franciscana, vencer los demonios de las tentaciones y  crecer en sabiduría.
Creo en los hechizos singulares del amor, amada leal, porque me permite navegar con mi debilucha barca por embravecidos mares que se tornan sumisos al invocar tu delicado nombre.
Creo en la magia del amor, amada paciente, porque hace posible que de tu rostro, cual agua de lluvia propicia, surja la sonrisa que ahuyenta de mi rostro, cansado de tantos años a cuesta, la pena que me aflige, el dolor que me atormenta y la adversidad que quiere destruir mis castillos de sueños.
Creo en ti, amada.
Creo en la eternidad de nuestro amor.
Creo en la sabia naturaleza.
Creo en los sueños porque me arraigan a la realidad.
Creo en la poesía porque para ella no existen las barreras del tiempo ni del espacio.



 

 




Creo en las bondades del amor, amada gentil, porque si mi alma está enferma encuentro en él el bálsamo milagroso que me sana y alienta para que no desmaye en el propósito de ser mejor, alcanzar la humildad franciscana, vencer los demonios de las tentaciones y  crecer en sabiduría.
Creo en los hechizos singulares del amor, amada leal, porque me permite navegar con mi debilucha barca por embravecidos mares que se tornan sumisos al invocar tu delicado nombre.
Creo en la magia del amor, amada paciente, porque hace posible que de tu rostro, cual agua de lluvia propicia, surja la sonrisa que ahuyenta de mi rostro, cansado de tantos años a cuesta, la pena que me aflige, el dolor que me atormenta y la adversidad que quiere destruir mis castillos de sueños.
Creo en ti, amada.
Creo en la eternidad de nuestro amor.
Creo en la sabia naturaleza.
Creo en los sueños porque me arraigan a la realidad.
Creo en la poesía porque para ella no existen las barreras del tiempo ni del espacio.



 

 


domingo, 18 de noviembre de 2018

BÍBLICAS


BÍBLICAS


            Y el ángel Gabriel amada, le comunicó a María, en mensaje onírico, el nacimiento de Jesús para que predicara el Evangelio.
            Y predicó el verbo, es decir, la palabra, es decir, Dios.
            Y por predicar la verdad murió crucificado.
            Y su muerte, amada, purgó tus pecados y los míos.
            Y purgó los pecados de quienes lo crucificaron
            Y perdonó a quien, en la cruz, devorado por la sed, le dio vinagre en vez de agua.
            Y la judía  Esther  salvó a su pueblo, casándose con el rey Asuero con una mentira blanca, que era babilónica.
            Y Edith, esposa de Lot, amada, se convirtió en estatua de sal por mirar hacia atrás para observar la destrucción de Sodoma y Gomorra, pueblos de perdición moral, que Dios maldijo.
            Y Ruth, nuera de Noemí, durmió al lado de Booz en la fiesta celebratoria de la ópima cosecha de trigo  para cumplir con la tradición judía.
            Y José fue vendido como esclavo por sus hermanos.
            Pero como José, amada, adivinaba los sueños, fue sacado de la prisión
para que interpretara el sueño repetido del faraón.
            Y el faraón, en agradecimiento, lo hizo gobernador de Egipto.
            Y José perdonó a sus felones hermanos.
            Porque así estaba escrito en el libro de la vida.
            Y yo, amada, a pesar de leer siempre la Biblia, no tengo el valor de perdonar a quienes me hieren.
            Sencillamente, los borro de mi libro.
            Los convierto en inexistentes.
            Soy, amada, un mal lector de la Biblia.
            Del viejo y el nuevo testamento.
            ¿Y tú?






HUMILDAD


HUMILDAD



            Tú, amada necesaria en mi angustiada vida, con tu sapiencia milenaria, tu delicadeza de colibrí y tu ternura maternal y romántica, derrotaste mi soberbia de impertinente caprichoso, mi talante altanero cual guapetón de barrio y mi desdén  hacia las cosas sencillas y de poco valor material porque las imaginé indignas de ti de estirpe noble y  me ofrendaste, después de tanto empeño inútil, la humildad de San Francisco de Asís, el que le dio un beso al leproso, y la de San Onofre, el príncipe que abandonó el boato palaciego y los privilegios reales, para alimentarse, en el desierto, con los dátiles y el agua que les suministraba un ángel. Iluminado, como lo estaba, del verbo divino que luego difundió a sus prójimos.
            Por ti, amada llena de virtudes, cambié mi principesco traje de gala por los harapos de peregrino en constante batalla, que siempre pierdo, con el camino que transito hasta agotarme para llegar al mismo sitio.
            Por ti, amada de infinita cualidad amatoria, abandoné mi lujoso palacio para aposentarme, plácidamente,  en la covacha de sueños que solamente tú y yo conocemos, donde, contigo o solo, medito, oro, reflexiono, escribo poemas que pocos leen por carecer de valores literarios, lloro, grito y canto.
            ¡Oh, divina humildad, que trajiste a mi vida, amada imaginaria o real, para encontrarme conmigo y reconocerme!

 



 



sábado, 17 de noviembre de 2018

PASIONARIA


PASIONARIA




            Cultivé para ti, tierna amada, en el huerto de mi cariño, una planta de pasionaria para que comas del fruto que tanto te gusta o prepares un delicioso jugo que yo no probaré por las razones que tú conoces.
            ¿Sabías, amada del alma, que hay más de 500 tipos de esta trepadora, capaz de equilibrar la tensión, abatir el ansia e inducir al sueño?
            ¿Sabías, amada llena de encantos, que el nombre de esta planta se originó en la pasión de Jesucristo, el Hijo de Dios que entregó su vida para que tus pecados y los míos y los de toda la humanidad fueran perdonados?
            Los componentes de esta  flor color rosa, blanco y malva, portentosa amada, describen cada uno de los sufrimientos del Señor cuando ascendió a los cielos, por proclamar la verdad que desde  hace dos mil años ha nutrido de alimento espiritual a millones de seres de toda la faz de la tierra.
            Tú y yo, amada indescriptible, hemos alimentado nuestras almas de esa verdad eterna.
            Sus filamentos, amada, evocan la corona de espina que para humillarlo colocaron en su frente quienes lo sacrificaron.
            Los estambres, amada,  simbolizan las cinco heridas que las lanzas de sus verdugos hicieron en su venerable cuerpo.
            Los tres estilos, amada, representan al igual número de clavos que se hundieron en su dos manos y en sus pies.
            Y los pétalos, amada, simbolizan a los doce apóstoles que lo acompañaron en su breve estadía real en la tierra, pero inconmensurable espiritualmente.
            Inclusive Judas Iscariote, que entregó a Jesús a los soldados romanos con un beso en la frente
            Y también Pedro, el que lo negó tres veces,  y a pesar de ello el Maestro le encomendó la tarea de dirigir el predicamento del Evangelio.
            



 

 

 

 




LLANTO


LLANTO



Sólo quiero, amada, que de tus ojos, cual dos ríos, broten a caudales lágrimas cristalinas que yo amorosamente secaré con el pañuelo que has tejido con fino hilo para mí con la letra  inicial de tu nombre y la del mío sobre el diminuto corazón, en relieve, que también tejiste, como prueba galante de amor, cuando sonrías a carcajadas de felicidad íntima o del gracioso chiste que te cuente o la morisqueta que te haga como humorista improvisado.
No quiero, amada, que de los dos ríos de tus ojos, que he besado hasta el éxtasis, broten lágrimas de tristeza, de pesar, de pena, ni siquiera en mis largas ausencias, porque por más apartado que en distancia real esté de ti, tú estas conmigo y yo contigo.
Y cuando más desees mi presencia real.
Y cuando más antipática e impertinente se torne la espera, se hará el prodigio de mi regreso.
Y las lágrimas de los dos ríos de tus ojos.
Y las lágrimas de los dos ríos de mis ojos brotarán caudalosas de alegría e inundarán con sus salobres aguas a mi covacha de sueño.
Llanto prodigioso de alegría que se expresa en amorosas lágrimas de amor.

viernes, 16 de noviembre de 2018

DADIVOSIDAD


DADIVOSIDAD


El acto de dar, amada, a quien necesita de nuestra ayuda, tiene una sublime simbología.
Si tú das, amada,  una flor,  es porque tu jardín está iluminado de rosas, jazmines, narcisos, nardos, claveles, siemprevivas y dalias de todos los colores y de todos los tamaños.
Y la satisfacción es doble, para ti, por tu bondad, y para quien recibe la flor,  el agradecimiento porque fuiste generosa.
Si tú das, amada, una moneda o un pan al hambriento mendigo,  es porque tienes abundancia de dinero en tus arcas y abundancia de alimento en tu despensa.
Y recibirás la gracia de Dios porque fuiste generosa con el hambriento.
Si tú, amada, le das cobijo al peregrino para que descanse en tu casa y pueda reconfortarse, podrá continuar su peregrinaje hacia rumbos que sólo el conoce.
Y bendecirá tu generosa naturaleza.
Y elevará plegarias a Dios para pedirle que no merme, sino que la multiplique tu abundancia de bienes materiales y espirituales.
¿No crees, amada, que es mejor dar que pedir, porque el que es dadivoso es doblemente rico y quien pide es porque carece de todo?


FANTASMAS I


FANTASMAS I



Me aterrorizan, amada, los fantasmas de la noche porque me trasladan, sin mi anuencia, a momentos de mi atormentada vida que no quiero recordar por horripilantes, desgraciados e infelices.
¿Cómo hago, amada, para borrar de mi angustiada mente estos recuerdos horribles  que al vivenciarlos en los sueños se convierten en terribles pesadillas y que sólo son abatidos, tras desigual lucha, con el despertar que demora un siglo en sacarme del fuego infernal de esos seres terribles?
Ningún sortilegio, amada, ha podido librarme de esos fantasmas que inexorablemente esperan, como el cazador a su presa, como el mar al río que devorarará o como el  caballo que para vencer la adversidad esperaba un rey
para cambiarlo por su trono, para atraparme en sus redes y llevarme a vivenciar oníricamente, con inevitable frecuencia, terribles instantes pasados que hirieron con saña indescriptible mi tierna carne de entonces y mis sentimientos rodeados de pureza e inocencia.
¿Acaso, amada, mis pecados fueron tantos y tan terribles  para que los azotes que recibí por ellos en tiempo real no fueron suficientes y tenga que expiarlos en los sueños que deberían ser plácidos y no tormentosos?



jueves, 15 de noviembre de 2018

ENCANTAMIENTO


ENCANTAMIENTO


Desde que te conocí, amada, hace un milenio, quedé prendado del primor de tu rostro, iluminado de risa, de tus delicadas manos que sostuve amorosamente entre las mías, y de tu sabia ingenuidad de niño y de muchacha campesina.
Desde que te conocí, amada, hace un milenio, engalané de la alegría que me ofrendaste a mi tristeza alienante, colmé de confort los ruinosos cimientos de mi covacha y adorné de multicolores luces las flores de mi jardín, que antes de conocerte eran mustias y apagadas.
Desde que te conocí, amada, hace un milenio, quedé encantado de tu porte señorial, de tu ternura, de la frescura de tu cuerpo, de la entonación musical de tu voz, de la humedad sensual de tus labios y del prodigio de tus ojos.
¡Oh, encantamiento romántico, que has traído vigor a mi vida, has sembrado de esperanza mis alocados proyectos y has alfombrado de amor la tierra que pisan tus pies y los míos!




ENCALLADO

ENCALLADO




Sin ninguna experticia marinera, amada, sin conocer la jerga de los marineros, guiando cada legua ganada al mar con la tenue luz de una estrella que a veces era arropada por la sombra caprichosa de las nubes, mi destartalada barcaza perdió el rumbo en el océano de mis sueños y encalló en una playa desconocida, luego que las olas que la  besaban se alejaron de ella y donde antes había agua salada,  por efectos de la traviesa marea, sólo quedó una superficie de arena en la cual quedó inmóvil la nave que me llevaría hasta tu suave regazo para disfrutar, cual si fuera un niño, de tus caricias únicas.
¿Cuánto tiempo tardó la marea en regresar a la orilla que había abandonado para que mi barcaza continuara su incierto rumbo, a flote ya con el agua huidiza?
¿Encontraré la ruta exacta que me lleve sobre la superficie marina y la energía eólica hasta tus brazos, deseosos de sentirme entre ellos?
¿Tendrás, amada, la suficiente paciencia para esperarme sin medida del tiempo y de mi torpeza en las artes marinas?





 

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