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sábado, 29 de agosto de 2026

MARABAL

                                     MARABAL

A Reynaldo Suárez

        

          Yo nací, amada prodigiosa, en un pueblecito arrullado por el canto de alborotadas guacharacas, el jolgorio de las hojas de debiluchos platanales y el melodioso y rítmico correteo de su río, que se perdía entre la blanca red de la arena para aparecer, más torrencial, en otra parte, luego de recorrer un túnel acuoso que nunca conocí, por lo infranqueable y lo hermético que era.

Marabal es el nombre de ese pueblecito, ahora parroquia, amada generosa cual Yomo, el que me contaba cuentos y me espantaba los duendes en las noches de miedo, que eran cuando tronaba y relampagueaba, cual tío Vicente, que me regalaba cañas y naranjas  chinas y me fabricaba zarandas, cual la señora Sabina, que era la abuela de todos los niños marabaleros, cual la señora Dorotea Frontado, que me obsequiaba mango carvá, cual Mercedes Lárez, que daba de lo poco que tenía,  y cual el señor Felipe, que me brindaba ponche en las mañanas y cariñosamente secaba mis lágrimas y acallaba mi llanto.

Andarín de mil caminos, amada tolerante de mis impertinencias. !Cómo he añorado en mi incesante trajinar por el mundo la fresca ternura de las aguas del río de mi infancia, en el que ahogué mis dolores y disfruté de inenarrables alegrías¡

 No he visto, comprensiva amada, en las mil comarcas que he visitado, ni un paisaje, ni un amanecer, ni un atardecer, ni un río como los de mi infancia distante en Marabal.

Allí, devota amada, aprendí a amar los libros llevado de la mano de Evelio Suárez, el que vivía en la hacienda de  Ramírez y me arreglaba la vieja vitrola traída por mi padre, Guzmán, de Trinidad.

Por Evelio, fervorosa amada, que me prestó El Conde de Montecristo, Aura o las violetasLas mil y una nochesAmaliaEl Mártir del Gólgota, Los tres mosqueteros,  y María, viajé a maravillosos mundos en alfombras mágicas, supe de la prisión de Edmundo Dantés en el castillo de Iff y de su escape al morir el abate Farías, en el lienzo de muerto que lo lanzó a la libertad; conocí la tristeza literaria tras el fallecimiento de Aura y de María, me enteré de la muerte de Jesucristo, crucificado, en el cerro de El Calvario; me hice mosquetero de la corte francesa y  amé a Amalia y odié al tirano argentino Juan Manuel Rosas. Creo, tierna amada, que desde entonces, en mi distante inocencia campesina, sentí repulsa hacia los dictadores.

En la hacienda  Ramírez, amada infinita, había la única casa de balcón de Marabal, a donde iba con frecuencia, y a la que he vuelto en alas del sueño al igual que a la vieja casa donde nací, un febrero atormentado. No sé por qué, amada encantadora, esta casa se me pareció a la de Amalia, la de la novela homónima de José Mármol, que  está en mi biblioteca porque mi hijo Gustavo Adolfo me la trajo de Argentina.

Allí, candorosa amada, conocí a Paola, sobrina de Evelio e hija de Reynaldo, quien para hacerme poner bravo me decía, sonriendo, que era mi novia.

Esta niña, floreciente amada, según mi patrón de belleza de la infancia, me pareció feísima. No la he visto más, dulce amada, ni tampoco a Reynaldo.

                                              

POETAS

                                POETAS


 Los poetas, amada mía, con la divina anuencia de los dioses de todas les religiones, tenemos el privilegiado don de ser distintos a los demás mortales porque nuestros pensamientos pueden obrar maravillas creando mundos que sólo nosotros podemos habitar y disfrutar,  llevando agua a recónditos e infértiles desiertos para saciar nuestra sed y la de nuestros camaradas ermitaños que han abandonado el mundanal ruido del que habló Fray Luis de León con el elevado fin mítico de estar más cerca de su Dios, y llevando alegría a aquellos lugares donde sólo hay tristeza.

Tú, amada, eres fruto de mi angustiada imaginación poética, sola en la multitud por incomprendida, ahíta de dialogar con quienes ensordecieron adrede para no escuchar su plática, y temerosa en su covacha de sueños ante lo inescrutable. Nadie, que no sea yo, amo y esclavo de  ti, según la ocasión, puede establecer comunicación contigo para confiarle sus cuitas y recibir el oportuno alivio a sus penas. Y ello es posible por mi condición de poeta, y como tal, taumaturgo, capaz de darle vida a lo inanimado, belleza a quien está carente de dotes estéticos,  sanidad al que está enfermo de cuerpo y espíritu, alas al desolado hombre que quiere acercarse hasta el cielo para platicar con las estrella y otras maravillas cuyo límite es la mente.

 

GRIAL

                                                                        GRIAL

Un día de luminosa locura, de beatífica paz, de eucarística mansedumbre, de silencio conventual y de mirífica religiosidad, tomé, con exquisita suavidad, mi obsoleta y raida vestimenta de peregrino, y pretendí, amada de todos los tiempos, de todas las circunstancias y de todas mis vicisitudes y flaquezas, emprender un largo viaje que me llevaría a los más recónditos e ignorados lugares de la tierra, y que concluiría con el hallazgo, en una remota aldea cuyo nombre nunca indagué, como tampoco su exacta o aproximada ubicación, del Santo Grial

         ¿Qué me llevó hasta allí, renunciando al encanto de tu melodiosa voz, a la ternura sin límites de tu regazo, a la frescura temblorosa de tus labios, a la suavidad imantada de tu dúctil cabellera, al brillo deslumbrante de tus ojos y al aroma hechizante de tu cuerpo todo? ¡Ay, amada! En mi locura fascinante quería sorber vino en la sagrada copa donde Jesús, El Hijo del Hombre, brindó por última vez con sus discípulos, uno de los cuales, Judas Iscariote, lo entregó a sus enemigos por treinta miserables monedas. Y lo hice, ¿sabes? y con el vino que libé se abrió para mí toda la sabiduría del mundo y mi espiritualidad recibió el don de la abundancia  y dejé de ser débil y comprendí que para acceder a la felicidad sin fronteras ni barreras hipócritas tenía que regar cada día, con agua pura de manantial, las flores de mi locura.

 

 

 

 

ESPERAR

 Recurriré a Job, bien mío, el glorioso patriarca bíblico, para que me prodigue el don de la paciencia que haría menos dolorosa la espera, que siento infinita, de tu presencia en mi escondida covacha de ermitaño.

Ese día, que ha de llegar cuando la brújula de tu corazón te oriente hacia donde me encuentro, solitario y triste, con la única compañía de tu recuerdo, ya borroso en mi mente por la larga espera, me reconciliaré con la vida y festejaré contigo libando el exquisito vino que añejé para ti, iluminando tu cabeza con una guirnalda de bellas flores de mí jardín, amorosamente cultivado, y cantando cual niño sublimes canciones que tú escucharás embelesada de amor.

EMBRUJO

                                 EMBRUJO

 Preso de tus encantos, bien mío,  obedecí dócilmente todos tus caprichos, aun los más inverosímiles, cual el esclavo a su amo, cual el león (pobrecito) al domador bárbaro o cual el adolescente a la primera llamarada de amor.

            Y cuando me dijiste: “Ama” me convertí en un mar de amor que plenó cada átomo de tu cuerpo con una delicadeza angélica que tú recompensaste con una sonrisa singular que me transmitió la fuerza necesaria para seguir cumpliendo tus caprichos de niña mimada por la felicidad.

            Y cuando me dijiste: “Canta”, ante mi sordera musical le pedí auxilio al pajarillo que alegra con su cántico la covacha que me sirve de morada poética y me prestó su trino, que te ofrecí como serenata única, y tú saltaste de alegría, cual chiquilla al recibir el primer beso del amado y la primera promesa de amor. Dos lágrimas diamantinas brotaron de tus ojos.

            Y cuando me dijiste: “Llora”, de mis ojos, que tú iluminaste con tu propia luz, surgieron lágrimas cual dos impetuosas cascadas, una sulfurosa como la del río de Marabal de mis amores, y otra parecida al Salto Ángel del Parque Nacional Canaima en mi adolorida Venezuela.

            Y tuvimos amor en abundancia.

            E improvisamos cánticos amorosos.

           Y lloramos de alegría, cual si fuéramos dueños del cielo,

 de la naturaleza indómita y de todas las bondades.

 

                      Hotel Concorde, Buenos Aires, Argentina, 17-3-2013.

INGRATITUD

                                                                                   INGRATITUD


Juan Ramón Jiménez, el poeta andaluz cansado de su nombre, sentenció en su inmortal elegía lírica Platero y yo, que al asno malo deberían llamarlo hombre y al hombre bueno deberían llamarlo asno.

Cierto, bien mío.

Pero también es verdad que el hombre bueno debería ser llamado perro y el perro malo, por consiguiente, hombre.

¿Me equivoco, luz de mi recóndita covacha que sólo tú y yo conocemos?

El perro es fiel y cariñoso con su amo y, amaestrado, guía al ciego, le da de beber al sediento, encuentra a la persona perdida y brinda protección contra el hampa.

Entonces, bien mío, ¿por qué se llama perro a la persona desleal, perversa y siniestra?

La historia reciente y pasada muestra testimonios fehacientes de perros que, en aras de fa lealtad al amo, han sacrificado su vida en una espera vana en el cementerio donde yacen sus restos o en el terminal del tren donde cada día lo esperaba.

Allí han muerto, vida mía, sin consumir alimento, con una tristeza conmovedora esperando al amo que no volvería a ver.

¡Así de ingratos somos los hombres, bien mío, y retribuimos la bondad y la lealtad con ingratitud!

¿Verdad que sí?

TIEMPO

 Tiempo: aleja hacia desconocidas galaxias la pena que me atormenta el alma para que mi amada no sepa que sufro por ella. Necesito tanto su presencia física que llena de regocijo mi corazón de poeta enamorado!

Tiempo: lleva rápidamente mis lágrimas al mar para que se confunda con sus aguas y mi amada no sepa que lloro por ella  ¡La añoro tanto!

Tiempo: Devuélvete justo al momento en que conocí a mi amada, que tanta felicidad me ha ofrendado.

Tiempo: Acelera tu paso para que más pronto regrese mi amada a llenar el vacío yacente en nuestro lecho desde hace un milenio.

Tiempo: Borra de mi rostro toda huella de sufrimiento por la ausencia de mi amada para que a su regreso la luz de lo prodigioso la deslumbre de amor.

Tiempo: Devuélveme la juventud que me robaste, sin resistencia y sin conciencia de haberla perdido, para que mi amada no vea las arrugas que me dejaste a cambio de lo sustraído, ni la melancolía que consume cada tuétano de mis huesos,  y vea en mí la lozanía que tuve hace milenios.

Tiempo: Llévate bien lejos -a otra dimensióm- mi miseria y transfórmame en un opulento personaje para complacer todos los caprichos de mi amada, por más inverosímiles que sean.

Tiempo: Hazme un poeta de florida y agradable obra para leerle a mi amada mis versos y transportarla en alas de la imaginación a exquisitos parajes y no fastidiarla más con peroratas impertinentes.


viernes, 28 de agosto de 2026

ROXY

                                                                        ROXY

            Te busqué, amiga del alma, apoltronada cómodamente en el lugar más exquisito de mi corazón, en cada resquicio del ciberespacio, y no te hallé. Te busque,  Roxy, amiga ideal, en Iniciación, el poemario que iba a ser mi primigenio y te dediqué, y por desidia y limitación económica, nunca publiqué, de lo cual no siento remordimiento, pues analizados con el crisol del tiempo, comprobé sus debilidades líricas y no pude encontrarte. Te busqué entre los rastrojos, ya casi extinguidos, de nuestra vivencia en Salamanca, cuando cual guía turística me mostraste el escenario donde se desarrolló la trama de la novela El Lazarillo de Tormes y el pupitre donde se sentó Fray Luis de León, luego de su excarcelación, y pronunció la frase que lo inmortalizó, “Como decíamos ayer” y no encontré huellas tuyas, amiga única, que tanto elevó mi confundido espíritu, en aquellas largas conversaciones telefónicas que sosteníamos para mitigar los efectos desagradables de la guardia nocturna en la Policía Judicial, vehículo de nuestra amistad. Te busqué, exquisita amiga, en el recuerdo ya añejo por el tiempo debilitó, en la epístola que me enviaste a Washington para darme la buena nueva de tu viaje a España a seguir estudios universitarios y mi esfuerzo fue fallido.

            Pero estabas en mi subconsciente, inolvidable amiga Roxy, y te posesionaste de mi sueño, morada de muchos huéspedes intrusos que evitaría ver en la realidad por hipócritas, y resurgió nuestra amistad, que parecía tan real, que hasta te pregunté por Ñañita, tu bondadosa madre, cuyo nombre de pila nunca me preocupé de averiguar.

            ¿En dónde estás, Roxy, amiga del alma? ¿Cuánto estrago has sufrido de los años?

            Vives en mis sueños, Roxy única, amiga de siempre, y de allí nadie te expulsará.

CELOPATÍA

                                                                             CELOPATÍA



Tengo celo de tu sombra, bien mío, porque te acompaña a donde quiera que vayas.

            Tengo celo del carmín que hacen más provocativos tus labios porque te besa continuamente

            Tengo celo de las aguas del río, del mar o de la ducha  donde te bañas, bien mío, porque ellas hacen un recorrido voluptuoso por todo tu cuerpo.

            Tengo celo de la tierra que pisan tus sandalias de fina factura, bien mío, porque ella besará tus pies y mantendrá parte de ti en cada pisada.

            Tengo celo de tus manos, bien mío, porque ellas tocan suavemente todo tu cuerpo.

            Tengo celo de tus ojos, bien mío, porque ellos ven otras opciones amorosas.

            Tengo celo de tu voz, bien mío, porque su melodía no la disfrutan solamente mis oídos.

            Tengo celo de todo el que te ve, bien mío, porque temo que alguien, más apuesto que yo y más corajudo, te aparte de mí.

            ¡Los celos, bien mío, me consumen lentamente!

            ¿Otelo redivivo y real celando a Desdémona?

ROSAS

                                                                          ROSAS


En mi poético jardín,  nutrido con impoluta agua del rocío matinal, sembré con mis manos ya rugosas por tanto uso, plantas de rosas amarillas, que al abrir sus  delicados botones para que los pétalos me ofrendaran su belleza amarilla parecida a la brillantez del oro, al trigo  al vestuario floral del araguaney, al girasol y a mi tristeza.

            Rosas llevaba María a la habitación de Efraín para embellecerla y sublimizarla de ella y rosas amarillas, rojas y blancas poetizan la hacienda El Paraíso, escenario física de la inmortal novela de Jorge Isaacs, que conocí, y donde sentí una sensación única de amor, paz, de poesía.

            Rosa, pero amarilla, era la flor preferida de Juan Ramón Jiménez, el inmortal autor de “Platero y yo”. En Moguer, ¡Oh poesía!,  conocí el pesebre de Platero y también su tumba de Fuentepiña que cada año los poetas españoles visitan montados en borriquillos.

            En otra vida quisiera ser jardinero para sembrar rosas amarillas.

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