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miércoles, 5 de diciembre de 2018

BELLEZA


BELLEZA

¿Cómo eres más bella, bien mío, consuelo de mi vida, agua exacta y bienhechora en el desierto cuyas arenas queman mis pies descalzos, néctar exquisito que endulza y aleja hacia distantes espacios la acidez que adormece mi paladar, lectora única de mis poemas sin gracia?
¿Desnuda, bien mío, entre sábanas albas inmaculadas, confundidas con las sombras de la obscuridad, reflejo de tu pudor, o recién salida del baño, olorosa a flores de mirto, de clavel perfumado de canela y de azahar recién fugado del naranjero?
Sé, bien mío, que por humildad o por montuna nunca me dirás cuándo eres más bella.
Sé también, bien mío, que el muro interpuesto entre tu orilla y la mía impedirá que conozca en cuál condición eres más bella, pero en mi augusta imaginación te visualizo hermosa en la obscuridad, llena de misterioso encanto, y recién salida del baño de mi covacha de sueños te presumo olorosa a gloria, sugestiva al amor terrenal y encantadoramente coqueta.


DIOSA


DIOSA

En el altar de mi covacha, bien mío, simple cual una gota de agua de nuestro río, menguado en verano y copioso en invierno, sólo estás tú.
Y a ti dirijo mis oraciones con fervorosa devoción, esperando que se opere el milagro de tu compañía para gratificar mi fe.
¿Oraremos juntos algún día?


martes, 4 de diciembre de 2018

LOCURA


LOCURA

No hay nada más loco, bien mío, que el amor, ni nada más sublime y gratificante que ese sentimiento capaz de vencer, sin batallas inútiles, las barreras de todas las calamidades.
Sin embargo, rosa amarilla del jardín de mi corazón, más que locura el amor es un acto de comunión compartido por dos seres para sentirse libres de ataduras y volar, en las alas del pensamiento, hacia edénicos mundos.
¡Oh, locura del amor que tanta felicidad me has prodigado!
¡Oh, locura del amor que hasta en covacha de ermitaño alocado has tenido la osadía de hospedarte!
Yo creo, bien mío, luz que aparta la obscuridad de mi camino sin rumbo para que llegue pronto a lo ignoto, que el amor, sin su toque de locura, perdería su esencia vital, la simiente que le da vida y su capacidad creativa.
Porque para amar, como tú y yo, dalia de azulados pétalos, la sensatez sería un huésped inoportuno y antipático que alejaría de nosotros la magia increíblemente fascinante de los enamorados.
¿Qué piensas, bien mío?


MARINERÍAS


MARINERÍAS

El mar de Margarita, amada, es testigo mudo de instantes de felicidad idílica que hemos disfrutado cual niños traviesos conscientes de su bulliciosa complicidad.
Era de nosotros esa porción marina no confiscada todavía por el urbanismo depredador.
 Y la aprovechamos al máximo.
Tú, temerosa de que el oleaje te alejara de la orilla donde sumergías tu entonces lozano cuerpo;
yo, dándomela de experto nadador, en la parte más honda, a nivel de mis hombros.
Yo introducía con delicadeza extrema mis dos manos debajo de tu cuerpo y te colocaba en la superficie para pasearte.
 Tú dócilmente te dejabas conducir y paseábamos felizmente, con la dicha reflejada en tu rostro y en el mío,
hasta que nos cansábamos,
y regresábamos a la orilla para ponernos en contacto con la arena y disfrutar de su relax o bien observar a las aves marinas zambullirse en el océano, una vez divisada desde el aire el pez que les serviría de alimento.
Era increíble este evento.
Y nosotros en esa soledad edénica nos creíamos dueños de la orilla,
 de los oleajes que la besaban furtivamente,
cual el enamorado a la enamorada en circunstancias especiales
 y del lejano cielo.
¡Nunca más, amada, disfrutaremos de esa intimidad marina que nos hacía obrar como si fuéramos niños!


lunes, 3 de diciembre de 2018

LANGUIDEZ


LANGUIDEZ


   

Disfruto, bien mío, admirar el atardecer, símbolo exacto de que languidece el día para dar paso a la noche y sus misterios sombríos, complicidades silenciosas, idilios a la luz de la luna y la espera del momento de visitar los dominios de Morfeo.
            Gozo, bien mío, el sonido, todo sinfonía, del jolgorio de las aves cuando alborozadas, al languidecer el día, vuelan simétricamente alineadas hacia sus nidos en el copo de los árboles o en la rama de algún arbusto amistoso para descansar de su extensa faena rutinaria.
            Gusto, bien mío, del languidecer de la noche que le da paso a la aurora, heraldo de la  llegada del día con su brillantez y encantos.
            ¿Languidecerá algún día, bien mío, dentro de un año, dentro de una centuria o dentro de un milenio nuestro amor?








ABSURDIDAD


ABSURDIDAD

Me amas y te amo, dama primaveral que iluminas mi otoñidad,
que llegaste errabunda a mi covacha de sueños ayer, en tiempo real, pero hace un milenio, en tiempo poético.
Y, sin embargo, ni tú podrás ser mía físicamente,
ni yo podré serlo tuyo.
Nos separan la edad, primavera y otoño,
y los convencionalismos legales.
¿Quién controla nuestros corazones, gemelos a distancia?
¿Quién controla nuestros sentimientos,
libres cual las aves que alegran tu llano,
los ríos que van a morir a los mares
y los seres silvestres?
La distancia que nos separa es espacial.
El amor que nos une, no tiene barreras físicas
porque se  rige por las leyes de la imaginación,
torrencial cual tu río Arauca
y cual el río de mi pueblo cuando crece y arrasa sembradíos.
La imaginación es libre y por eso nuestro amor es paradisiaco.
Nuestro lugar de encuentro es la covacha de mis sueños,
donde nos sentimos tan a gusto que no quisiéramos     abandonarla nunca.
La naturaleza nos provee de su belleza incontaminada,
de la exquisitez de los alimentos
y del agua del aljibe en el cual muchas
veces reflejamos nuestros cuerpos.



domingo, 2 de diciembre de 2018

AMISTAD


AMISTAD
A Nelys Antonia
           

Mi minúsculo jardín de la amistad, amada increíble, ya casi mustio por la carencia angustiosa del agua nutricia, amaneció con un rosal amarillo, resplandeciente cual el sol de la mañana, gracias al rocío bucólico que vino de las agradables montañas de Tunapuy y de la ruidosa urbe carupanera que años ha, cuando era apenas la única referencia de ciudad conocida en mi lejana adolescencia, fue testigo muda de mis penas, que eran muchas, y de mis alegrías, muy escasas.
¿Será este rosal, amada paciente y querendona, tan voluble como las flores silvestres que nacían y morían en mi infancia con la aparición del sol y la inevitable llegada de la luna y su cargamento de duendes que sólo existían en mi mente, entonces cándida cual la sonrisa de los niños y el canto angelical de los pajarillos ariscos que huían al acercármeles, o durará acaso,  como la siempreviva o como el río que nunca se cansa de derramar su regalo de agua, fuente de vida?
Dime, amada, como lo has hecho en  otras  situaciones de incertidumbre, qué debo hacer para que ese rosal permanezca siempre en mi jardín ofrendándome su belleza, bendiciéndome con su color amarillo, saludándome con su luminosa mudez y recordándome el don de la gratitud.
-Esa rosa, amado, para que nunca languidezca, deberá recibir agua nutricia, además del manantial nuestro, que le sirve de espejo a los luceros, de las manos que sembraron la planta que le dio vida.
Por mí, amada, ese regalo de la naturaleza a mi minúsculo jardín resplandecerá por siempre, pues le prodigaré singular cuidado  al rosal que le dio vida para que sea fuerte como el roble, el hierro o la piedra.
¿Tú me ayudarás, amada idílica, a combatir el paso del tiempo con la ternura que le prodigaré?
¿Esa prodigiosa mano que plantó el rosal tendrá la perseverancia para que esa flor nunca se marchite?





SELMA



SELMA


Por ti, dama mirífica, ficción brotada del torrencial río poético de Gibrán Khalil Gibrán, me creí primavera en vez de otoño y cual mancebo indócil y soñador trepé con las alas rotas de mi imaginación el muro interpuesto entre tu orilla y la mía para sentir en mi trémulo cuerpo la ardentía del amor prohibido.
Sí, Selma Karamy, tu candorosa belleza, tu angelical ternura y tu columna de luz, así como el exquisito aroma que despedía tu cuerpo, me transportaron, en fantástico vuelo, hasta el silencio de tus noches con música.

sábado, 1 de diciembre de 2018

SILENCIO


SILENCIO

A Milagros

Para no turbar tu silencio místico, amada, -jTantas veces profanado por voces impuras!- preferí poner a mi lengua cien cerrojos de duro metal y olvidarme –jOh, ingenuo poeta de confundida y arisca musa!- que alguna vez, hace ya muchas centurias, tuvo el don del habla.
Y aprendí de tu silencio -¡Tan elocuente y tan pleno de belleza!- el mirífico y sin término lenguaje gesticular con el que te comunicabas, mientras permanecías sumida en profunda actitud contemplativa, con los misterios arcanos de la Naturaleza, tu amiga y confidente.
Yo, de verbo tan efusivo y locuaz hasta el fastidio, cerré mis labios para siempre con solo un gesto tuyo sin arrogancia y suplicante que expresó ¡Calla! cuando con doliente y conmovida voz te pedí agua para mi sed de amor, pan para el hambre que abatía a mi débil cuerpo y abrigo para proporcionarle calor a mi tristeza.
Tras tu silencio, más expresivo que una imagen fotográfica y que la elocuencia de los predicadores bíblicos, recorrí parajes ignotos de particular ternura y libé el agua fresca de cariñosos ríos y bienhechores manantiales.
¡Cómo amo tu silencio, amada, porque aprendí, al fin, a enmudecer!









SUERTE


SUERTE

Cuando te conocí, bien mío, después de una larga búsqueda que duró un milenio, no te reconocí, ni mostré interés romántico por ti, ni te vi en mis sueños apesadumbrados, ni te imaginé mía, ni estabas en mi universo poético.
Pero la suerte, tantas veces contrarias a mis designios y en diminutas oportunidades a mi lado, tocó suavemente las puertas de tu corazón para acercarte tímidamente al mío, abatir esa invisible frontera que divide a la amistad, en nuestro caso incipiente, y el amor, ese sentimiento rayano en la sublimidad que eleva a quienes se aman, sin pensar en la carne, hacia planos superiores que sólo pueden disfrutar los elegidos.
Y tú, bien mío, fuiste elegida por el dios del amor para que me amaras.
Y yo, bien mío, fui elegido por Eros para que te amara sublimemente.
Y se hizo el prodigio del amor.
Y estabas tan cerca de mí, bien mío, y no te veía, aunque recorrí escabrosos caminos en una aventura demencial para hallarte y fracasé en los miles de  intentos que hice para realizar  mi sueño de amor.
Y fuiste tú, bien mío, quien me halló, cuando me creía abandonado de la suerte.
¡Divina suerte que me premió contigo como recompensa a tantos sufrimientos padecidos justo donde nuestras almas se unieron.



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