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sábado, 5 de enero de 2019

viernes, 4 de enero de 2019

SELMA


SELMA





Por ti, dama mirífica, ficción brotada del torrencial río poético de Gibrán Khalil Gibrán, me creí primavera en vez de otoño y cual mancebo indócil y soñador trepé con las alas rotas de mi imaginación el muro interpuesto entre tu orilla y la mía para sentir en mi trémulo cuerpo la ardentía del amor prohibido.
Sí, Selma Karamy, tu candorosa belleza, tu angelical ternura y tu columna de luz, así como el exquisito aroma que despedía tu cuerpo, me transportaron, en fantástico vuelo, hasta el silencio de tus noches con música.




SILENCIO


SILENCIO

A Milagros

Para no turbar tu silencio místico, amada, -jTantas veces profanado por voces impuras!- preferí poner a mi lengua cien cerrojos de duro metal y olvidarme –jOh, ingenuo poeta de confundida y arisca musa!- que alguna vez, hace ya muchas centurias, tuvo el don del habla.
Y aprendí de tu silencio -¡Tan elocuente y tan pleno de belleza!- el mirífico y sin término lenguaje gesticular con el que te comunicabas, mientras permanecías sumida en profunda actitud contemplativa, con los misterios arcanos de la Naturaleza, tu amiga y confidente.
Yo, de verbo tan efusivo y locuaz hasta el fastidio, cerré mis labios para siempre con solo un gesto tuyo sin arrogancia y suplicante que expresó ¡Calla! cuando con doliente y conmovida voz te pedí agua para mi sed de amor, pan para el hambre que abatía a mi débil cuerpo y abrigo para proporcionarle calor a mi tristeza.
Tras tu silencio, más expresivo que una imagen fotográfica y que la elocuencia de los predicadores bíblicos, recorrí parajes ignotos de particular ternura y libé el agua fresca de cariñosos ríos y bienhechores manantiales.
¡Cómo amo tu silencio, amada, porque aprendí, al fin, a enmudecer!









jueves, 3 de enero de 2019

ENVIDIA II


ENVIDIA II

Siento  envidia, dulce amada, del humilde carretero que todos los días, con su cargamento de flores cultivadas por él  primorosamente, vendía luces y fragancias a lindas doncellas de distantes pueblos, comarcas y ciudades y a su regreso, cansado y exhausto, siempre tenía quien lo esperara con un beso y suculenta comida que consumía vorazmente para saciar el hambre.
Siento envidia, amada deliciosa, del jardinero que es capaz de proporcionarles a las plantas el abono exacto para que produzcan  las flores de narciso, mirto, azucena, lirio, rosa, claveles y dalias más hermosas.
Siento envidia de las caudalosas y cristalinas aguas del río, amada encantadora, porque a sabiendas de que su destino será ser devorado por las fauces del mar, no deja de saciar la sed del hombre y de los animales, ni deja de cantar, ni deja de regar los sembradíos ni deja de limpiar los cuerpos de los bañistas.
¡Oh, río admirable, que tienes el valor, que yo no poseo, de enfrentar tu destino sin desatender tus faenas diarias!








OTRO


OTRO



La magia de tu palabra, sencilla como el pétalo de una flor, el vuelo de un colibrí y la cristalina y madrugadora gota de rocío, obró en lo más íntimo de mi ser el inesperado  milagro de la transformación en otra persona, totalmente distinta a la que había sido hasta el inolvidable momento de tu llegada e incorporación por siempre, a mi vida, entonces simple y reducida a lo elemental.
Tu palabra, amada, convincente y firme como la añosa roca y el enhiesto y centenario árbol, no obró el milagro de mi conversión elevando su tonalidad para persuadirme, sino manifestándose natural y despojándose de todo cuanto perturban su particular grandiosidad y elocuencia.
Desde entonces, bondadosa hada del mundo multicolor y fascinante de mis sueños, que quisiera interminables, dejé de usar mi deslucido traje gris y mis roídas sandalias de impenitente con los cuales recorrí desconocidas rutas que me condujeron, exhausto, a aldeas, pueblos y ciudades cuyos nombres olvidé raudamente para evitar el sufrimiento de la nostalgia.
Tú, amada, dechado de virtudes propias, con tu singular sapiencia y el prodigio de tu verbo, me convertiste en otro sin que dejara de ser yo.

                      








MELANCOLÍA


MELANCOLÍA


Estoy enfermo de tu ausencia, amada, y la sonrisa que de mi rostro asoma a borbotones, cual de los volcanes la lava, cual de la botella la champaña o cual de la catarata el agua indomable, no transmite alegría.
Es esta sonrisa, amada, una máscara para disfrazar mi honda pena, ese filoso puñal que lacera, inclemente, mi debilucha carne, incapaz ya de resistir un dolor que sólo la esperanza de tu regreso, después de un milenio poético, lo mitiga. Y por eso río a carcajadas en lo alto de una montaña prodigiosa e imaginaria para oír el eco de esa risa. Y regocijarme. Y sentirte a mi lado observando el paso raudo de las aves hacia sus nidos.
¡Oh, melancolía que me devora el alma! ¡Oh, melancolía compañera de mis penas que sólo tu amor cura, amada!
¿Alejarás de mi pobre alma esa melancolía que me devora lentamente con calculada perversidad?


miércoles, 2 de enero de 2019

FLORA


FLORA




¡Vámonos, amada , hasta  el pie del milenario y gigantesco árbol para disfrutar de la sinfonía que nos obsequian sus ramas cuando son besadas por la traviesa e incansable brisa!
            Ese árbol, amada, que se despoja de sus hojas durante el otoño,  luce en invierno, al ser acariciada por el agua bienhechora de la prodigiosa lluvia, un traje verde que lo rejuvenece.
            De ese árbol amistoso, amada, donde los pájaros construyen sus nidos, proviene una porción del oxígeno que nos permite respirar aire puro
            Ese árbol, amada, más viejo que tú y que yo, morirá de pie, pero sus ramas y tronco se transformarán en leña para mantener el fuego que espanta al frío y cocina los alimentos o servirán de cimiento a la vivienda.
            ¡Vámonos, amada, hacia el prado a llenar nuestros pulmones de aire, gritar a todo pulmón nuestro amor, juguetear con las multicolores mariposas e intercambiar primorosas florecillas silvestres!
            Nunca quisiera, amada, despedirme del árbol.
            Nunca quisiera, amada, decirle adiós al prado.
            ¡Vámonos, amada, hasta la selva, para oír la mágica voz de los pájaros, de los insectos y de los lejanos animales salvajes!
            Es increíble la selva, amada.





DIANA


DIANA


            El personaje Diana de la mitología griega, amada mía generosa en cariño, era la diosa de la caza, pero a la vez simbolizaba la virginidad y el nacimiento.
            Diana Palmer, esposa, al fin, después de muchos años de noviazgo, de El Fantasma, el que nunca muere, el vengador de los débiles, el caminador, el ubicuo, ha sido para mí, desde mis primeros atropellados años, un personaje inolvidable.
            Me declaro, aunque sean amores prohibidos, su enamorado eterno, al igual que de Luisa Lane, la novia de siempre de Superman, al que su coraza de hombre de fortaleza increíble le cierra las puertas de su corazón al amor.
            Cómics únicos, vida mía, que los percibo reales porque me hacen vivir aventuras.
            Personajes que nunca envejecen, como Periquita, como Mafalda, como Pepita la de Lorenzo Parachoques, como tú, como yo.
            Pero si Diana, alma mía, simboliza la belleza espiritual extrema, escrito el nombre en minúscula significa la horripilancia, que quiero borrar de mi mente, del despertar con estrepitoso ruido, al alba, de los soldados que abandonan sus dormitorios en tropel para evitar el castigo horrendo de sus superiores.
            Y es también una superficie redonda con círculos concéntricos que se utiliza como blanco en los polígonos de tiro.
            ¿Por qué,  bien mío, diana tiene esa simbología extrema de crueldad guerrera y amor sublimizado?









martes, 1 de enero de 2019

HAMBRE


HAMBRE

 Tengo mucha hambre, amada,  después del largo viaje que me llevó a imaginarios lugares cuadrados, verticales, redondos, lumínicos, tranquilos.
            Mi hambre, amada, no puede saciarse con el exquisito pan que amasan tus delicadas manos y luego los horneas en el horno de arcilla que construí para ti.
            Ni la fresa temblorosa de tus labios en los míos.
            Ni el manjar más apetitoso.
            Ni el dátil ni la miel del ángel que alimentaron  a San Onofre en el desierto.
            No, amada, tú no puedes saciar mi hambre.
            Porque tengo hambre de sabiduría que sólo el sabio milenario que busqué en mi viaje sin destino cierto, y no encontré, por no ser digno de recibir sus enseñanzas, puede prodigarme.
            Porque tengo hambre de la humildad que mi soberbia ha arrojado a un sitio que ahora no puedo encontrar.
Porque tengo hambre de la sencillez que mi arrogancia alejó.
Algún día, amada, saciaré mi hambre.



BOLERO


BOLERO


  Bailemos, bailemos, bailemos amada del alma, sin prisa,
sin temor de que tus pies pisen los míos,
ni que los pies míos pisen los tuyos, este bolero tan romántico.
¡Qué importa, amada, que no dominemos el arte de la danza!
Estamos solos, en  el rincón íntimo de nuestras almas.
Nadie, excepto tú yo, se reirá de nuestra torpeza en el baile.
Basta que yo sienta en mi cuerpo tu trémulo aliento.
Basta que tú sientas en tu cuerpo el fuego sublime del mío.
¡Qué dicha tan grande nos transmite el bolero impregnando a nuestros espíritus abatidos por la rutina  el exacto amor de su letra y su música!
Vayamos, amor, a nuestra playa única a compartir con las aves marinas
el néctar musical  imaginario que nos regala el bolero.
No importa que sea cursi
la letra del bolero.
Seamos banales, seamos cursis, seamos anacrónicos.
¡Qué importa!
El  bolero refleja nuestros estados de ánimo y nos reconcilia con la vida.
¡Qué importa!
Nos gusta ser cursis.
La melodía del bolero que escuchamos y bailamos torpemente
regala a nuestros espíritus la sensación exclusiva de la felicidad.
¡Disfrutemos del bolero, antes de que sus melodiosas notas se apaguen!



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