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jueves, 10 de diciembre de 2015

MAR

MAR


  S
iempre, amada, respeté la inmensidad del mar y admiré, con poética intensidad, la belleza multiforme de sus olas, la policromía de su líquido elemento, la ilusión óptica de cercanía a la costa con que nos engaña cuando hacemos su travesía en barco y su aparente vecindad con el globo celeste.
         No soy hombre de mar, por ser totalmente obtuso en el conocimiento de las artes náuticas, pero me gustaría serlo para balancearme con mi barco de diseño único en el lomo de los caballos de todos los colores y tamaños formados por las olas, penetrar sus entrañas para profanar el altar de sus tesoros bien guardados y ponerle fin a mi secular pobreza material, contemplar sus corales para deleitarme con la singular belleza roja o rosada de los poliperos calcáreos, que pulimentados se exhiben en las joyerías, y extraer de su seno, marchito ya por la depredación humana que todo lo destruye inmisericorde e irresponsablemente, para saciarme hambre, el hambre de mi familia y el hambre de mis semejantes, el bienhechor alimento integrado por peces de todas las especies y tamaños, moluscos, crustáceos y quelonios.
                Sé perfectamente, amada, porque así lo leí en el libro de mi vida, que nunca seré marino ni pescador y por lo tanto no podré adentrarme en sus profundidades para conocer sus secretos ni desafiarlo con una nave que jamás conduciré, ni siquiera en la costa.


miércoles, 9 de diciembre de 2015

POETAS

POETAS

  L
os poetas, amada mía, con la divina anuencia de los dioses de todas las religiones, tenemos el privilegiado don de ser distintos a los demás mortales, porque nuestros pensamientos pueden obrar maravillas creando mundos que sólo nosotros podemos habitar y disfrutando, llevando agua a recónditos e infértiles desiertos para saciar nuestra sed y la de nuestros hermanos ermitaños que han abandonado el mundanal ruido del que habló Fray Luis de León, con el elevado fin místico de estar más cerca de Dios, y llevando alegría a aquellos lugares donde sólo hay tristeza.
         Tú, amada, eres el fruto de mi angustiada imaginación poética, sola en la multitud por incomprendida, ahíta de dialogar con quienes enardecieron adrede para no escuchar su plática, y temerosa en su covacha de sueños ante lo inescrutable.
         Nadie, que no sea yo, amo y esclavo de ti, según la ocasión, puede establecer comunicación contigo para confiarle sus cuitas y recibir el oportuno alivio a sus penas. Y ello es posible por mi condición de poeta, y como tal, taumaturgo, capaz de darle vida a lo inanimado, belleza a quien está carente de dotes estéticos, sanidad al que está enfermo de cuerpo y espíritu, alas al desolado hombre que quiere acercarse hasta el cielo para platicar con las estrellas y otras maravillas cuyo límite es la mente.




MENTALIZACIÓN

MENTALIZACIÓN

  P
ara refrescar tu cuerpo, amada, ardoroso por la calidez del clima, que había llegado extremo insoportable, utilicé el poder de mi mente, fuerte como el acero, el diamante y la roca, que me confió sus milenarios secretos de longevidad, al trocar su notoria taciturnidad en locuacidad.
         Entonces, pude transformar la furiosa velocidad del huracán en grácil y débil brisa para expulsar el sofocante calor que te hería y reducir la caudalosa corriente del río en apacible fuente de cristalinas aguas para que te bañaras en ellas, calmaras tu insaciable sed y te libraras de la inquietud provocada por el quemante verano.
         El poder de mi mente, que tú agigantas, amada, para que fuera más eficaz, convirtió para ti el desierto en jardín edénico, en ofrenda galante que llevaría el cántico de las bullangueras aves y el melodioso rumor del agua de manantial a tus oídos para alegrarte la vida, perfumaría tu cuerpo el aroma prodigioso de las abundantes flores y te vitalizaría la convivencia con la naturaleza en su condición más sublime y pura.
         Mi potencia mental, que utilicé para fortalecer tu felicidad, amada, materializando tus románticos caprichos y mis deseos innúmeros de hacerte dichosa, sin importarme los medios ni los costos, transformó la inaccesible montaña en preciosa pradera para que correteáramos libremente, admiráramos el cielo y su inmensidad, fabuláramos sobre lo que nos ofrecía la naturaleza y meditáramos largamente, como dos ermitaños en la profundidad de un desconocido desierto.






  

martes, 8 de diciembre de 2015

RÍO

RÍO

       De no haber sido por el río, amada, y el delicioso rumor de sus aguas al pasar, raudas, por el camino de piedras blanquecinas y grisáceas arenas que recorre constantemente sin cansarse ni proferir una queja de inconformidad, mi infancia primero, y después mi adolescencia, habrían sido insulsas, monótonas, tediosas y carentes de atractivos capaces de conformar, inequívocamente, que fui niño y adolescente. ¡Así de impactante fue el río y su disfrute pleno en los primeros años de mi vida, cuando no tenía consciencia de que biológicamente el hombre pasaba por diferentes etapas y geográficamente mi mundo se circunscribía a Marabal, el caserío que me vio nacer, e Irapa, que entonces, para diferenciarlo del campo, denominábamos el pueblo, y donde por primera vez admiré, sin palparlo, la grandeza del mar y conocí el cementerio!
         Pasaba en el río todo el tiempo que me era posible, y en sus cristalinas, saludables y amistosas aguas aprendí a soñar despierto y a creerme dueño de su diminuto tesoro alimentario: guabinas, guaraguaras, querepes, camarones y cangrejos. Flotaba sobre la apacible corriente, con los ojos cerrados, y me entregaba a ella inocentemente hasta la llegada de la noche, cuando los grillos, con su monótona sinfonía, se dejaban oír.






ALARIFE

ALARIFE


  P
ara corresponder a tu majestuoso amor, amada, dueña absoluta de todas mis inquietudes, con mis expertas manos de veterano alarife construí para ti un inmenso palacio que gratificaba, a quienes tenían el privilegio de contemplarlo, con la brillantez de múltiples coloridos que despedían, cual esplendorosos fuegos artificiales, los faroles de todos los diseños que lo alimentaban permanentemente de luz para que pareciera, aun en la noche más tenebrosa, pleno mediodía, y evitar así que la obscuridad con sus fantasmas empañara tu belleza y le restara impulso a tus encantos.
         Desde sus torres, amada, altas como las montañas que lo circundaban para protegerlo de extraños y resguardar nuestra privacía, a las que ascendíamos por sus interminables escaleras de caracol, veíamos el ocaso del día, el alegre y espontáneo jolgorio de las aves al recogerse en sus nidos; el tropel de los animales no alados cuando se dirigían a sus madrigueras cumplida ya su diaria faena; la rutilante luna en sus esporádicas peleas con las nubes en defensa de su brillantez y el paso  de las estrellas fugaces hacia espacios etéreos que nunca, por ignorancia de conocimientos astronómicos, pudimos identificar.
         Ese palacio, amada, recubierto de lapizlázuli y esmeralda que como ofrenda de amor te construí con mis laboriosas manos de alarife y mi poética imaginación, es testigo mudo de nuestras confidencias, de nuestros apasionados besos y de nuestra entrega ilímite a los sorprendentes encantos de la querencia, esa que confunde en un solo cuerpo a los amantes.
         Muchas veces, ¿recuerdas?, nos introducíamos, cándidos y felices, en cualquiera de las aclimatadas bañeras de la palaciega mansión y disfrutábamos tanto las caricias caprichosas del agua al juguetear en nuestros desnudos cuerpos, que tranquilamente, sin sentir ningún cargo de conciencia, dejábamos que el tiempo transcurriera libre como el viento y nos olvidábamos hasta de nosotros mismos y sus necesidades materiales.
         Pero no sólo un palacio surgió para ti, amada, de mis diestras manos de alarife y mi inconmensurable imaginación de poeta por siempre soñador. Te construí también, para halagarte, puentes inmensos y resistentes como mi voluntad, los cuales te permitieron cruzar, con increíble coquetería, inexistentes ríos, lagos y mares a los que materializamos, fugazmente, como parte esencial de un juego en el que estábamos inmersos conscientemente en regreso furtivo a nuestra ya lejana niñez.
         Hice igualmente para ti, porque eso era deseo y era factible su construcción, un enorme castillo al que dotamos imaginariamente de grotescos fantasmas, de juguetones murciélagos y de presidiarios sin conciencia del tiempo ni de la importancia de ser libres.
         Ese palacio, amada, esos puentes y esos castillos todavía cobran vida.


lunes, 7 de diciembre de 2015

VICTORIA

VICTORIA

  T
uve que esperar centurias interminables por decepcionantes, amada, para que el prodigio de la victoria, que creí no merecer ya, se hiciera presente, ¡al fin¡, en mi angustiada y envejecida existencia.
         Fueron mil derrotas caracterizadas todas por el estigma de la humillación, que no pude borrar de mi rostro, a pesar de todas las hierbas, raíces, aguas y ungüentos que empleé en un vano intento por ocultarlo.
         Ignoraba, ingenuamente, que el prodigio para deshacerme de esa mancha ignominiosa que hizo vulnerable mi vida no lo produciría ningún régimen medicinal, por más avanzado que fuera, sino yo mismo, con paciencia, tenacidad, capacidad para aprender la lección inmersa en cada derrota y de fe en el triunfo que inevitablemente llegaría en cualquier inesperado momento.
         Para triunfar, amada, después de mil vergonzosas derrotas, leí ávidamente textos y pergaminos rugosos y viejos sobre el arte de la guerra; me aprendí de memoria las biografías de los grandes guerreros y apliqué sus tácticas y estrategia en los campos de batalla; luché contra el demonio del pesimismo que se había aposentado en mí y logré destreza en el uso de las más increíbles y eficaces armas.
         A este triunfo, siguieron millares y el estigma de la derrota apenas es un nefasto recuerdo en mi accidentada vida.



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