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domingo, 12 de enero de 2020

FRAGANCIA


FRAGANCIA
TU cuerpo, amada, tan suave como el tercipelo y tan terso cual la piel de un niño, siempre, por el perfume que me obsequias, parece recién salido de nuestro apacible y amigable manantial o de la ducha que con sus hilillos de cristalina agua te arrancan sonoras sonrisas de felicidad.
Tú lo sabes, amada de infinita juventud, desde que hace un milenio poético llegaste a mi vida para iluminarla, vitalizarla y alejarla del otoño que inevitablemente llegó y transmutó en algodón el ébano de mis cabellos. Y por ello, amada increíblemente esplendorosa, me abrazas, jugueteas conmigo, me mimas, acercas tus labios a los míos y me gratificas con tus cánticos dulcemente entonados, para confundirte conmigo en una sola carne y transmitirme tu perfume.

viernes, 10 de enero de 2020

GRIAL


GRIAL

Un día de luminosa locura, de beatífica paz, de eucarística mansedumbre, de silencio conventual y de mirífica religiosidad, tomé, con exquisita suavidad, mi obsoleta y raída vestimenta de peregrino, pretendí, amada de todos los tiempos, de todas las circunstancias y de todas mis vicisitudes y flaquezas, emprender un largo viaje que me llevaría a los más recónditos e ignorados lugares de la tierra, y que concluiría con el hallazgo, en una remota aldea cuyo nombre nunca indagué, como tampoco su exacta o aproximada ubicación.
¿Qué me llevó hasta allí, renunciando al encanto de tu melodiosa voz, a la ternura sin límites de tu regazo, a la frescura temblorosa de tus labios, a la suavidad imantada de tu dúctil cabellera, al brillo deslumbrante de tus ojos y al aroma hechizante de tu cuerpo todo? ¡Ay, amada! En mi locura fascinante quería sorber vino en la sagrada copa donde Jesús, El Hijo del Hombre, brindó por última vez con sus discípulos, uno de los cuales, Judas Iscariote, lo entregó a sus enemigos por treinta miserables monedas. Y lo hice, ¿sabes? y con el vino que libé se abrió para mí toda la sabiduría del mundo y mi espiritualidad recibió el don de la abundancia  y dejé de ser débil y comprendí que para acceder a la felicidad sin fronteras ni barreras hipócritas tenía que regar cada día, con agua pura de manantial, las flores de mi locura.


jueves, 9 de enero de 2020

RETROSPECCIÓN


RETROSPECCIÓN


He hecho, bien mío, un viaje imaginario hacia lo más recóndito de mi pasado.
          Y pocos eventos, bien mío, de esa antipática y desconcertante parte de mi vida, a un milenio de su ocurrencia, vale la pena recordarse por las heridas tan dolorosas que provocaron en mi debilitada carne y en mi desconocido espíritu.
Reviviré, bien mío, para ti,  las diminutas vivencias que en los constantes momentos de adversidad sirvieron de catarsis, palabra que entonces no estaba en mi léxico, a mis sufrimientos que, sin embargo, afloran en mis sueños como pesadillas horribles.
Y no te cuento esos episodios que quisiera arrojar bien lejos de mi subconsciencia, para que no me sigan lacerando, porque no quiero ver que de tus ojos broten lágrimas de tristeza sino de alegría
¿Lo único placentero de esa época que no puedo apartar de mí?
-Los libros que leía desordenadamente, pero que me cautivaban.
Yomo, el viejito que me espantaba los duendes de las noches sombrías.
Agua Caliente, donde nunca vi a la ninfa que encantaba al que la viera.
El río, donde me bañaba y jugaba con otros niños, al día siguiente de la crecida.
La señora Sabina que me santiguaba y me consentía con café y frutas.
El tío Vicente, que me regalaba caña y catuche.
Quisiera, bien mío, no haber pasado por esas etapas de mi alocada vida,  y comenzar desde el momento que te conocí y tú me conociste.
Y nació el amor imposible.

miércoles, 8 de enero de 2020

ARTISTA


ARTISTA

Si en vez de mandadero, niña mía, hubiera sido pintor, habrías sido mi modelo única al plasmar en un lienzo tu belleza sublime con la Naturaleza al fondo, el río, el jardín, la luna, el sol, el mar o un cocotero.
Si en vez de obrero petrolero, niña soñada, hubiera sido escultor, habría tallado en piedra, en madera o en metal tu soberbia belleza para exponer mi obra estatuaria en los más afamados museos del mundo. Y todos te admirarían. Y todos los críticos de arte me alabarían.
Si en vez de policía, niña encantadora, hubiera sido orfebre, lucirías en tus delicadas orejas, en tu cuello de orgulloso cisne, en tu frente que acaricio con ternura y en tus finos dedos que han recorrido en viaje romántico cada porción de mi cuerpo, diademas, anillos, collares y zarcillos de joyas preciosas que todas las mujeres envidiarían.
Si en vez de periodista, niña mimada, hubiera sido artista musical, habría escrito para ti las canciones más hermosas que tú cantarías con tu exquisita voz.
¡Soñar es gratis, niña bella, soñemos juntos!


lunes, 6 de enero de 2020

MARABAL


MARABAL
A Reynaldo Suárez
        
        



















Yo nací, amada prodigiosa, en un pueblecito arrullado por el canto de alborotadas guacharacas, el jolgorio de las hojas de debiluchos platanales y el melodioso y rítmico correteo de su río, que se perdía entre la blanca red de la arena para aparecer, más torrencial, en otra parte, luego de recorrer un túnel acuoso que nunca conocí, por lo infranqueable y lo hermético que era.
Marabal es el nombre de ese pueblecito, ahora parroquia, amada generosa cual Yomo, el que me contaba cuentos y me espantaba los duendes en las noches de miedo, que eran cuando tronaba y relampagueaba, cual tío Vicente, que me regalaba cañas y naranjas  chinas y me fabricaba zarandas, cual la señora Sabina, que era la abuela de todos los niños marabaleros, cual la señora Dorotea Frontado, que me obsequiaba mango carvá, cual Mercedes Lárez, que daba de lo poco que tenía,  y cual el señor Felipe, que me brindaba ponche en las mañanas y cariñosamente secaba mis lágrimas y acallaba mi llanto.
Andarín de mil caminos, amada tolerante de mis impertinencias, !Cómo he añorado en mi incesante trajinar por el mundo la fresca ternura de las aguas del río de mi infancia, en el que ahogué mis dolores y disfruté de inenarrables alegrías¡
          No he visto, comprensiva amada, en las mil comarcas que he visitado, ni un paisaje, ni un amanecer, ni un atardecer, ni un río como los de mi infancia distante en Marabal.
Allí, devota amada, aprendí a amar los libros llevado de la mano de Evelio Suárez, el que vivía en la hacienda Ramírez y me arreglaba la vieja victrola traída por mi padre, Guzmán, de Trinidad.
Por Evelio, fervorosa amada, que me prestó El Conde de Montecristo, Aura o las violetas, Las mil y una noches, Amalia, El Mártir del Gólgota, Los tres mosqueteros  y María, viajé a maravillosos mundos en alfombras mágicas, supe de la prisión de Edmundo Dantés en el castillo de If y de su escape al morir el abate Farías, en el lienzo de muerto que lo lanzó a la libertad; conocí la tristeza literaria tras el fallecimiento de Aura y de María, me enteré de la muerte de Jesucristo, crucificado, en el cerro de El Calvario; me hice mosquetero de la corte francesa y  amé a Amalia y odié al tirano argentino Juan Manuel Rosas. Creo, tierna amada, que desde entonces, en mi distante inocencia campesina, sentí repulsa hacia los dictadores.
En la hacienda  Ramírez, ahora con otro nombre, amada infinita, había la única casa de balcón de Marabal, a donde iba con frecuencia, y a la que he vuelto en alas del sueño al igual que a la vieja casa donde nací, un febrero atormentado. No sé por qué, amada encantadora, esta casa se me pareció a la de Amalia, la de la novela homónima, ahora en mi biblioteca, presentación muy lujosa, porque mi hijo Gustavo Adolfo, conocedor de mi especial gusto por ese tesoro del romanticismo, me la compró en una librería argentina. 
Allí, candorosa amada, conocí a Paola, sobrina de Evelio e hija de Reynaldo, quien para hacerme poner bravo me decía, sonriendo, que era mi novia.
Esta niña, floreciente amada, según mi patrón de belleza de la infancia, me pareció feísima. No la he visto más, dulce amada, ni tampoco a Reynaldo.
Pero sí estuve en Buenos Aires, escenario del romance entre Amalia y Daniel,  y de su muerte por uno de los esbirros del tirano.



domingo, 5 de enero de 2020

MOLINERA


MOLINERA



            Antes, muchísimo antes, amada, de que saciaras tu sed de amor para siempre en mi líquido manantial, que desde entonces clausuré para que sólo tú sorbieras su agua, otras doncellas, gráciles y hermosas, sedientas también de ese sentimiento humano que tanto enternece a quienes lo experimentan, bebieron el vital líquido y creyéndolo un espejo vieron sus imágenes, como tú lo haces ahora, reflejadas en su cristalino elemento.
         No te miento, amada, si te confieso con la ingenua franqueza de un niño, que entre las doncellas que amé con singular ternura, con especial deferencia y con devoción franciscana recuerdo nostálgicamente a la bella y cándida molinera, cuyo nombre, por considerarlo inútil e irrelevante, jamás me preocupé en conocer. ¿Para qué, si con llamarla simplemente molinera, molinerita o moli encantadora me sentía satisfecho y ella respondía a mis requiebros con mimosa coquetería y copiosa galantería?
          De la molinera, cuya belleza seráfica parecía haber sido extraída de una pintura religiosa, probé el fresco y divino pan preparado con trigo puro que ella misma cultivaba y recogía amorosamente para mí, para luego cocer, con piadoso esmero, en el diminuto horno de arcilla fabricado con sus manos de artista silvestre.
          En el regazo de la molinera, acogedor cual un lecho de olorosas flores o el remanso de un río de cristalinas y melodiosas corrientes, experimenté las más extraordinarias emociones idílicas y viví la insólita y única experiencia de la ya remota infancia y las ignotas vidas pasadas.
          Los ojos de la molinera, radiantes cual la luz que despide el sol, fueron para mí espejos vivientes donde me extasié tantas veces en busca de respuestas a mis incertidumbres, penas y frustraciones. Y sus labios, bermejos como la pulpa de la granada, siempre estuvieron dispuestos a calmar mi insaciable sed de amor.
¡Qué ingrato, amada, fui con la molinera!



sábado, 4 de enero de 2020

INGENUIDADES


INGENUIDADES
       

  ¿Si en vez de lirio, o rosa, o clavel, o mirto, amada, fuerza zarza, sólo espinas o apenas hierba silvestre sin encanto, me querrías igual?
          ¿Si en vez de majestuosa águila, amada, o turpial de vistoso plumaje y cántico enternecedor fuera apenas frágil colibrí, melodioso jilguero, taciturno búho o leve mariposa de divinos colores y silente vuelo, me querrías igual?
         ¿Si en vez de guerrero invicto en mil batallas, amada, o intrépido navegante vencedor de todos los mares, o valeroso conquistador de pueblos, aldeas y ciudades de toda la faz de la tierra, fuera simplemente pusilánime soldado a quien asustan el ruido de los sables, el estampido de los cañones y la presencia de la sangre, o humilde marinero de orilla que teme adentrarse en alta mar, o asustadizo ser incapaz de abandonar su territorio por temor a lo desconocido, me querrías igual?




viernes, 3 de enero de 2020

LAGAR


LAGAR




        Tus menudos y delicados pies de princesa, amada, y los míos de labrador, rústicos y ordinarios, bailaron incesantemente con el melodioso canto de un turpial de ufano porte, sobre las frágiles uvas lilas y glaucas, recién cosechadas, para extraerles el dulce y generoso zumo que transmutamos en vino bienhechor el cual libamos, hasta embriagarnos amorosamente, como ofrenda de gratificación a la madre tierra, por ser tan generosa; al agua, por nutrir las vides durante todo el mirífico proceso de crecimiento, y al sol por darle la exacta maduración al fruto, final feliz de una esperanzadora jornada agrícola meses atrás.
           Inexpertos como lo éramos, amada, en el arado de la tierra para someterla y arrancarle el prodigioso premio vital escondido en sus entrañas, sabíamos que con tenacidad ilímite, paciencia suprema y aprendizaje permanente podíamos domeñarla, amistarnos con ella, para así cosechar el fruto que luego, en festivo ritual, comimos y sorbimos golosamente hasta extasiarnos, calmadas ya nuestra sed nuestra  hambre.
         Esta tierra, amada, escogida al azar para cultivar nuestras vides, no era ubérrima; sin embargo, la amorosa dedicación que le ofrendamos hizo el milagro de la abundante fructificación


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jueves, 2 de enero de 2020

OFICIOS


OFICIOS

           Te lo juro, amada, que si de mi voluntad única hubiera dependido la determinación suma de cuanto sería mi vida como oficiante, muy distinto sería mi destino, pues ninguna de las mil actividades laborales que he realizado para subsistir guarda relación con lo que quise realmente hacer, ya que he aterrizado en ellas cual avión sin rumbo.
         Yo hubiera querido ser, por ejemplo, carretero para hacer largos viajes en rutas asaz conocidas, seguro de que a mi regreso tú me esperarías, amada, en la puerta de nuestra humilde vivienda, con los brazos abiertos y una sonrisa delatadora de la felicidad  derivada de un evento, que no por rutinario, deja de ser encantador y fascinante para ambos, que medimos la intensidad de nuestro amor con la vara de la gratificación espiritual que nos depara, desechando la banalidad de lo efímero material.
        O también, amada, jardinero para cuidar, celosamente, ese don de las plantas florales, de todos los colores y perfumes que la naturaleza, inmerecidamente, ofrendó al hombre, su peor enemigo. O podría haber sido labrador para compenetrarme con la tierra y extraer de sus entrañas el jugo de la vitalidad. O finalmente, marinero o pescador para escudriñar la líquida ruta de los mares y conocer sus secretos.






miércoles, 1 de enero de 2020

COLOFÓN

COLOFÓN



A ti, amada omnisciente y ubicua, producto de mis vivencias oníricas, de mis fantasías y una que otra realidad, van dirigidas estas páginas que debieron haber tenido vida hace siglos o quizás milenios.
         Porque yo, amada inmortal y luminosa, he vivido muchas vidas, y ésta de ahora, que he compartido contigo y con muchas otras doncellas, es apenas la continuación de una existencia anterior, que presumo transcurrió en una friolenta aldea de labradores de inconmensurable altura, y el pórtico de otra ya cercana que no sé cómo, cuándo ni dónde se materializará.
         ¿Por qué te hablo de siglos y milenios en vez de años y meses, como sería lo natural? Porque mi discurso, simple como una gota de agua y diáfano como la sonrisa de un niño, está expresado en lenguaje poético, que nada tiene que ver con el tiempo real.
         A ti, dulce y consecuente amada, que durante milenios has estado aposentada en lo más recóndito de mi conciencia sin que yo lo notara, puesto que esa era tu soberana decisión, debo la inspiración de esta obra, que aparentemente son producto de mi talento e inteligencia, pero que en honor a la verdad te pertenecen porque tú le insuflaste vida con tu inagotable numen, y mi participación en ese proceso de creación poética fue de simple partero o de canal de comunicación para que viera la luz e irradiara sus rayos a todos aquellos lectores que se aproximen a ella. ¡Gracias, amada eterna!



LLANTO


Sólo quiero, amada, que de tus ojos, cual dos ríos, broten a caudales lágrimas cristalinas que yo amorosamente secaré con el pañuelo que 

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